martes, 15 de septiembre de 2015

Estúpidamente la brisa dislocaba la sonrisa.
Sí, estaba tan enojada que podía matar insectos con la mirada,
estaba tan enojada como cuando rompes las cartas
que no demostraban ser lo que decían, con el tiempo,
ah, el tiempo, esa cosa era ahora ese insecto que pasaba maloliente, 
macilento y leproso como ese día.
Estaba tan enojada que podía olvidarme
que tu pelo tiene ondas suaves y que tus dientes
tienen ese esmalte que invita a una noche entrelazada a la aurora.
Sí, ese día en el que no parecía que existía,
había dejado el celular en casa.
El cielo vomitaba poesía, con rabia.





YIA

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