jueves, 27 de agosto de 2015

Bajamos del auto. Yo lucía tu gorra de Batman y una chaqueta enorme, tú, -bien lo recuerdo- tenías, un abrigo gris de esos que tienen algo para cubrir la cabeza. Estábamos casi disfrazados como si estuviéramos listos para cometer un crimen. No dijiste nada acerca de tus planes. Vimos las tiendas y me dijiste: Escoge lo que quieras. Te dije, no quiero nada, y me miraste de manera extraña pero con cariño.
-Amor, compra lo que quieras, lo dijiste dos veces, yo sólo sonreí y contesté: No quiero nada. Compraste unos discos de antes, de esos negros, grandes. Susurraste la palabra jazz, yo dije, ¿blues? y dijiste, kinda, something like that baby, you are going to love this. Te dije, y ahora, ¿qué quieres hacer?, contestaste: Asaltaremos un banco, y yo dije, bien, vamos. Apretaste mi mano y fuimos al banco, yo te seguía la corriente, en mi papel, bien seria, dispuesta a ser cómplice, porque sabía que era un juego de los tuyos, -amo tus fantasías-. Fue tu turno, retiraste dinero, -no sé cuánto-, y nos fuimos. Llegamos al auto y me dijiste que me detuviera en un lugar que habíamos visto al pasar. Diste todo lo que traías, yo me quedé muda, y esa gente dijo, gracias. Me acerqué a tu oído y dije: Amor, oh my God, era mucho.
Sonreíste como un ángel, dijiste, yo sólo recordaba una línea de un poema tuyo que dice: Aman distinto los pobres. A mí... se me hicieron agua los ojos. Te dije: yo no sé de dónde saliste, no sé qué decir, no dejas de impresionarme. -No tienes que decir nada, me dijiste.

-Entramos al auto y me besó la frente.-






Yia



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