jueves, 23 de julio de 2015

VANCOUVER

Antes del corre y corre, 
miras los cristales y fumas un cigarrillo.
Todo está bien, todo está perfectamente
acomodado y alguien más ha tendido la cama.
Al fin el silencio pero espera un día de locura,
ya está de locura, qué hermoso sentimiento
el estar vivo, viviendo un sueño
más grande que el que inventaste.
Te preguntas cómo fue, qué pasó, dónde
quedó el ático de Wicklow y el perro,
todas aquellas risas, la inocencia de amar
como ama el nido a las aves.
Aún no sabes cómo ser pues sólo eres,
y lo abstracto siempre será eso algo
indescriptible, ahora cómo le explicas
a tus botas que debes usar otras,
pero que sigues prefiriendo las
que compraste cuando nada tenías.
No van a parar los trenes, hay que gozar
lo que tanto anhelaste, hay que renunciar
a mucho pero para esto naciste.
Un cielo inmenso te sigue mirando puntual
y transparente, una enorme ventana
de lado a lado anuncia la esperanza
y da gracias porque los deseos pueden cumplirse.
Una cámara encendida capta
todo lo que haces, estoy del otro lado viendo
qué ropa escoges para tu suerte,
debes bajar en próximos minutos,
no pudimos decir mucho
pero nos salva la vida este instante.
Tomas un Ukelele y cantas algo corto,
que repite: Mi corazón tiene tu nombre.
Luego señalas hacia la ventana enorme,
y dices, tiernamente:
Honey, tienes que ver esto,
es mismo cielo aunque esté en Vancouver.








YIA

















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