miércoles, 24 de junio de 2015

LA ECUACIÓN

Dos llamadas perdidas, un número desconocido, pregunta si recuerdo su voz. Me habla de una ecuación que sólo yo pude resolver y de un premio que obtuve no sé cuando y que él recuerda con lujo de detalles. Te amaba, dijo dejándome fría del otro lado. Aún ni sabía quién era hasta que me habló de las arañas del laboratorio, del profesor Quintero y los cuadrantes de Ecología. Ahora te recuerdo, pero a qué se debe tu llamada y por qué me dices eso. - le digo.
Un reptil apenas me habló pero yo le vendí el alma y deseo que sepas que fue por tu culpa, ahora es la serpiente quién te habla y quiero salvarme de la marca y sólo tú puedes romper este lamento que me consume como un crimen violento que me atraganta y me vomita, me cuenta. Cómo quieres que te ayude, le pregunto sin ganas.
Me envía otra ecuación igual de compleja que la de aquellos días. Si me das el resultado correcto la marca se me borra, me dice con tono serio. Tres minutos o menos y el resultado es tuyo, le digo. Eso es imposible, me dice nervioso.
Míralo, te lo acabo de enviar. Cómo lo hiciste, pregunta al verlo.
Eres libre no preguntes más. Te salvé, ¿ya? - le digo.
¿Tú me crees? - pregunta.
- No, porque las serpientes no hablan. No sé por qué inventas todo esto, ¿todavía te intimido? - le pregunto.
- Sí, nunca sé cómo hablarte, soy yo, Roberto, el nunca tiene agallas.
Ni siquiera pude tocar una araña, porque tú estabas.
- No importa, ya te he salvado y creo que eres valiente, superaste algo...
- No, no puedo superarte.
- Adiós, que seas feliz, ya verás que lo serás,
un abrazo, Roberto.
- Espera, no cortes, tampoco te dije que fui yo quién salvó a tu perro.
Soy veterinario, puerta 24, piso dos, la enfermera me dio tu número de
teléfono.



fragmento
YIA

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