martes, 12 de mayo de 2015

De abismos

Uno cree que tiene un límite pero luego nota que allí hay otra puerta. Uno piensa que no tiene tanta fuerza como para abrirla, pero respira profundo como si fuese difícil hacerlo, hasta que de repente esa puerta se abre sola. Tienes la mala suerte o la perfecta, que al dar el primer paso es un abismo, y bajando piensas, con razón era un límite. No tienes tiempo para asustarte, entonces vuelas, o tratas de caer de la mejor manera. Volar es lo mío, pensé. De peores abismos he salido. Pero no era sencillo, caía, hasta llegar al fondo las cosas. Al llegar hay tanta pena, y uno trata de hablar con las esquinas porque no conoce el final del pasillo. Te hablan de resistencias, de estancias, de impulsos y razones. Tú no contestas porque estás en algo que no esperabas, pero tu rostro delata que estás maldiciendo. Cabreas como demente y pateas las emociones porque ahora, engañan.
 La humillación está en tus ojos pero no toca otros órganos. Una verdad insidiosa se adhiere a tu viscosidad y te convierte en silencio. Ese estado tiene el enorme poder de mostrarte que en el fondo deberías estar dando saltos de júbilo, y que eres muy ciega 
como para no ver que tienes que estar celebrando. 
En el fondo lo sabes. La vida es corta en tardes como ésta en las que escribes para descifrar los deseos. Pero siempre sabes lo que quieres y no haces caso. Quizás no quisiste abrir tus alas porque querías descubrir algo. De todos modos era tu puerta. 
Al final del pasillo, estaba alguien que sonreía bonito. Al verme me abrazó con fuerza, 
como si hubiese pasado por lo mismo. Me dijo al oído: sabes bien el camino, te amo, regresa a tu casa, lee a Nietzsche, y se te pasa.









YIA

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