domingo, 5 de abril de 2015

La envidia de Atenea




Dirás que me quieres con la lengua olvidada
y cada sonido será la palabra que diga el viento
para que el alma viaje hasta la guarida de la mía.
Hoy contemplo margaritas para deshojar la luna.
Abrazo tu pecho sin que notes que te dejo la vida 
con el beso en la frente que me regalas.
He puesto a prueba a las aves para impresionar su canto
con la voz de tu nombre,
ellas saben cómo suena el lamento cuando intento soltarte.
Tiene un libro tu frente.
Tu altura tiene una torre.
Sabe a miel tu beso en mi boca,
constante.
Llevas precipicios en los ojos que descubren
la concupiscencia escondida en los laberintos de la lluvia.
Adoro contar que tus dientes se posan en mi cuello
para libertar las palomas que se visten de rojo por amor.
Por pasión de la carne, por dolor de esperar,
por sumo placer de sentir la piel levemente rasgarse,
y es más que caricia, es que más lujuria planeada por dos.
Es más que deseo inventado para ser temporero.
Amo exclamar que ha venido el presagio que tanto
nido puso en el árbol del conocimiento.
Hay un imperio de relámpagos en tus dedos,
salvaguardas estrellas para que no tema en cada roce.
Sabes que auspicio la pureza de lo nuestro
y te hablo cómo quiero porque tú no juzgas mi locura
ni lo que creo.
Me quieres desnuda,
me quieres envuelta en las gazas del vientre del cielo,
me sabes despojada de las plumas porque
la poesía es el ángel que puedo ser en este lado del reflejo.
Lo tenebroso, lo oscuro que verso conoces como si fuera tuyo,
porque somos el augurio más exacto que hizo que
Atenea quisiera un amante que iluminara su himen.
Y ella nos envidia porque entre nosotros los mitos
no caben
y erguidos en nuestros corazones los misterios
se enternecen.









YIA

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