miércoles, 18 de febrero de 2015

PAZ

Era como tenía que ser. Había pasado lo inevitable. Todos caminaban de la mano siendo parte del núcleo. Allá en la cuidad grande abundaba el frasco de miel que había sido vertido originalmente por la turba de espectros sometidos a la luz no registrada. Ahora el clamor sonaba a pasos seguros dispuestos a un mañana sin comprar ni vender, sin añorar ni ostentar, ya que lenguas de fríos elementos habían sido la secuela de aquel momento especial. La paz. Por fin la paz. Pero ahora todos parecían no necesitar nada porque el punto alcanzado ya había sido tocado al máximo. Cientos de personas se inclinaban ante algo que yo no podía ver, pero que sí sentía con la brisa metálica de sus celulares encendidos, todos, en la misma red, en la misma parte de un nivel tecnológico avanzado.

La calle estaba repleta, ellos tenían los rostros casi pegados a esos artefactos que de alguna manera hacían que aquello fuera más adictivo cada vez, como si las pantallas despidieran un olor a guerra fresa que hacía lo que la heroína, pero tres veces más fuerte para aquellos que ponían su contraseña desde que comenzaba el día. Cuatro de la izquierda tenían en sus frentes un código azul y seis que estaban en el balcón del centro tenían el mismo azul, pero el código no estaba definido o yo no podía memorizar la combinación de letras y números.

Había paz, ya no necesitaban golpearse con palabras ni usar veneno para ser inmunes al que no pensaba igual, la calma era entrar en esa adoración incompresible para mis sentidos. Unos, muy pocos, podían mirarme, pero de nuevo volteaban hacia ese centro que provenía de no sé dónde. Otros estaban pegados a los cristales de los autos, de las tiendas, de los autobuses, todos querían ser parte de lo que pasaba afuera, pero no cabía tanta gente en la calle, pues, todo el espacio estaba lleno de ese rito que parecía satisfacer alguna sed o parecía quitar la sensación de hambre. Yo trataba de pasar, sin molestar a nadie, ponía un pie primero, luego el otro, pero todos estaban muy pegados, así que me las ingeniaba para que no salieran de su trance.

En algún momento pensé que alguien iba a reaccionar, tenía que existir alguien que no estuviera concentrado, tenía que haber alguien flotando en otro estado de la mente. Necesitaba, tanto, poder entender lo que estaba ocurriendo que, pasé como gateando por todas aquellas espaldas y nadie notó que había cruzado la calle completa, pasando de cuerpo en cuerpo. Cada uno tenía la cara casi en el suelo, sin dejar de prestar atención a lo que les mostraba el ser que veneraban sin saberlo. El móvil parecía dictar algo. Ya del otro lado de la calle, comencé a pensar en los que estaban pegados a los cristales, y dije, claro, ellos todavía pueden reaccionar porque no tienen el artefacto en las manos, sólo están seducidos por algún imán. Entonces, no quise dejarlos, y volví, mirando a aquella alfombra de gente.

Me trepé en un autobús y grité con la fuerza que pudiera romper los cristales, pero no era suficiente, así que caí sentada, con dolor en el alma, impotente. Me quedé dormida trepada allí. Pero sentí, que una mano, tocaba mi rostro para despertarme, dulcemente. Allí estaba frente a mí, una niña de pecas, con el cabello muy rojo. Me dijo, que iba a ayudarme a gritar y que mi esfuerzo no había sido en balde. Ella me tomó de la mano, me ayudó a levantarme, y al contar hasta tres, gritamos una palabra que ella hizo que pensara, telepáticamente. De nuestras bocas salieron sombras púrpuras que viajaban rápido hacia los cristales, como si aquella palabra le diera autoridad a algo que los rompió de golpe. Los cristales rotos, ahora eran como diamantes en el suelo y la gente, librada de ellos, comenzaron a pasar por encima de los que cubrían las calles. Pero cuando trataron que llegar a algún espacio vacío para poder acomodarse con la paz del principio, de las frentes comenzaron a funcionar los códigos, y todos, se postraron ante el mismo ser que adoraban los demás.

Ya no era necesario tener el artefacto en las manos para ser como los inclinados. Yo seguía sin comprender por qué estaban arrodillados. Entonces, fue cuando busqué con la vista a la única niña que podía escucharme. La niña, ahora tenía alas grandes. No supe qué decir, nunca había visto algo así, era evidente que la nena era un ángel. Como me sentía confundida, rendida y cansada, le quise preguntar el porqué de toda aquella calma tan horrible. Ella me dijo que no podía decirme, luego dijo: así no se aprende a ser un ángel. No entendí, quise huir, no quería ver a nadie, pensaba que ella se burlaba de mí, no me explicaba nada. Yo quería sentir ira, pero no podía, eso no era parte de mi naturaleza. Yo recordaba ese sentimiento, pero estaba muy lejos, no podía sentirlo. Ella me miró con ternura y de sus alas sacó una lista con letras en bronce. Absolutamente nadie, no hay, ni uno, dijo. Debemos salir antes de que el sol caiga. Porque ellos van despertar y van a matarse los unos a los otros. Fueron engañados, ellos mismos accedieron porque era más fácil adorar a lo que podían ver, decía.

Pero, yo nunca vi nada, es más, no recuerdo ni como llegué a la calma, todo empezó con la calle y esas personas inclinadas, le dije.
¿Tú estás segura de que quieres que te muestre? - preguntó
Sí, creo que eso me daría algunas respuestas, contesté.
Está bien, voy a soplar en tus ojos y verás los tres minutos más terribles de los siete principados.
Luego borraré esas imágenes y nos iremos a otro punto cardinal, me dijo, a la vez que sopló en mis ojos un fuego magenta.
Comencé a gritar de angustia, de terror, de desesperación, cada segundo era más y más terrorífico.
Al terminar lloré como nunca, y ella no me consoló. Sólo me miraba esperando no sé qué.
Luego, habló, me dijo: ¿Nunca te dio curiosidad por saber quién eres realmente?
Le dije: siempre me sentí nadie. Dijo: exactamente, tú no eres. Tu trabajo era ese y lo hiciste muy bien. Ahora verás la verdad, pero debemos cambiarte el nombre, para que aprendas a volar.




(La gente despertó de su trance, y comenzaron a matarse los unos a los otros, los cuerpos de todos estaban mutilados, y hechos pedazos, pero ninguno hallaba la muerte, así siguieron hasta moler todos los cuerpos y el suelo se cubrió de carne, un olor a sangre lo dominó todo. No hubo más muerte, como la MUERTE.)














YIA

1 comentario:

  1. La tundra imponente se levanto reptando hasta cubrir cada centímetro de la fas de la tierra, el terror vestido de cristal invernal se expandió hasta el ultimo rincón, aplastando con furia al centro de lava que peleo como los grandes, el corazón hirviente de la madre dio una buena batalla, pero el fulgor de los años llego a ser por fin agotado y como un reo que esta siendo sometido a tortura la voluntad del corazón de la madre no encontró la fuerza para equiparar el poder del aliento de niebla que exhalaba el asesino de todos los dioses, el odio y su voz de cobre templado habían conseguido prevalecer, y la vida la ultima guerrera simplemente cedió ante el dolor y dejo de ser.

    El último de los trascendentes había logrado fusionar su esencia a nivel alquímico con el último ser humano, Armand y el odio eran uno solo ahora, una nueva entidad ni material, ni meta física, la singularidad del milagro fue arrastrada por el fango con un pestañeo, y basto tan solo una risa burlona para quebrarlo y lanzarlo al espacio hecho moléculas que fueron evaporadas una a una mientras la bestia jugaba a dibujar el alfabeto con sus dedos en el aire, el ultimo dios elevo su mano a la altura de su frente satisfecho de su obra divisando sus nuevos dominios, de mala gana tosió una idea en un idioma maldito al instante el hielo obedeciendo al deseo de su maestro esculpió un trono rojo y negro, el emperador de la desesperación fue al final quien supero a todos.

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