jueves, 5 de febrero de 2015

CONTANDO A NANA



La canción de un filme se te clava en los sesos. Oxida las gárgolas del lado izquierdo, penetra los vergeles derechos y los quema al llegar con sus pausas. Y yo, invento el filme con esas ruinas que han quedado. Cualquier día, me da por ser accesible al verbo y mostrarle las imágenes del ambiente posible y los puntos débiles de las vendettas y los planos, para anotar las bajas en mis papeles protagónicos. Me torno pasiva por momentos, lleno todo de estampas populares y de grandes arbustos, con tal de poner un árbol que siempre, siempre, esté prohibido, hasta nuevo aviso, claro está. Hay quien tiene memoria de mosquito, así que me reservo los planos por un tiempo y voy directo a la traducción.
La idea es apurar a la gente de las calles céntricas y abordarlos con un latín iglesia, non stop. Como si el idioma original no dijera lo mismo. Cuando me ves allí entre ellos, tomo la forma de Nana en (Vivre Sa Vie) de Jean-Luc Godard 1962, porque tiene pinta de mojigata, inocente, elegante, porque no fumo, y entonces, puedo interpretar una fumadora empedernida, deseosa de ser especial en aquel bar donde iba a firmar su ida al infierno a manos de hombres libidinosos. Así toda vulnerable, con algo de niña en la mirada, especialmente llorona, filósofa sin saberlo. De ella no tengo mucho, pero la perdida mirada y el gusto por las pinturas idiotas, el cine, los ritmos traviesos, los relatos eróticos sin ortografía, espera, espera, esos no, de hecho no me gustan, pero recuerdo que hago el papel de ella. Sobre todo, cuando cae al suelo después de los balazos, ahí sí soy idéntica, esa parte tengo que incluirla algo distorsionada pero parecida. En esta fuente de impresiones anoto lo inexpresable de los ojos pardos, y engullo silencios para demostrar que siempre comeremos del árbol. Así que, de nuevo entro en el filme y cobro vida, digo que no muero, y la canción sigue sonando ahora en un francés que parece decir adiós al mundo, pero que sólo hace la entrada a que Nana aprenda que treinta años de paz no es nada y que pronto habrá miles de balazos más, de los que puede sobrevivir si rectifica y de paso deja de fumar. La canción termina desordenando el espíritu y mi filme renace de la oscuridad, haciéndose luz, en alguna sala de especies romances y silencios escritos con sangre, de una simple observadora que escucha limbos y puede ver una hermosa mezquita en vez de un lagar. La canción ahora desaparece, ha sido borrada -por un tiempo- de mi memoria de elefante, -dicen- que sólo tendrán memoria de ella los de vestiduras blancas, los 144, 000, por supuesto, contando a Nana.








YIA
























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