sábado, 17 de enero de 2015

SALEM






Vi a Salem en aquel lugar. Sus ojos prendidos hacia el encuentro. Fue todo preguntas, algo de nervios. Luego paz cuando hablé como él. Se entrelazaron cosas inmutables que podría describir sólo con poesía. Escuché lo extraño en su ser y cada manifestación de no sé qué cosa que cada segundo amé.
 Es un extraño para mí a pesar de que siempre está cerca, no cree como yo, y eso es muy interesante, pensé. Habla como si todo fuese rima, sonríe entre palabras como si disfrutara hablarme de, ¿negocios? seguía pensando.
Adiós, le dije, debo irme. Dijo, está bien.
Regresé con Yuma, ella me contaba de lo codiciado que era el dueño, me contaba de sus viajes, yo le decía que no quería saber, que de seguro él tenía miles de secretos que respeto. Yuma fantaseaba con ser una de sus esposas y decía chistes al respecto. 

Yo le decía, Yuma, tú estás loca, cómo vas a querer ser una más, 
no seas tonta. Al día siguiente, conocí a Marita, o así le decían, ya había escuchado hablar de ella. Era la hermana de Salem. Cuando me vio, dijo, tú debes ser la que se atrevió a contradecir. Tienes los ojos como me los describió. Yo, la miraba sin decir nada. Me tocó escucharla todo el día, nos hicimos amigas. Supe que Salem no tenía cuatro esposas, 
ni 70 casas como decía Yuma. Supe de lo sacrificado de su trabajo, el sufrimiento enorme que tuvo que pasar su familia y hasta entendí el porqué de su fe. Dejamos de hablar porque él entró, los hermanos, entre sí se miraron como si tuvieran cierta complicidad o supieran algo que yo no sabía. 
Trataron de disimular, y yo me sentí con ganas de salir de allí, así que inventé una excusa para ir a dar una vuelta, y volver luego. Salem tomó mi mano, y dijo, quédate. Dijo, he oído lo que siempre han dicho de mí, 
no hago caso de los chismes, pero si fuera cierto, las hubiese dejado a todas, por ti.
No te creo, no te conozco, le dije. Él me dijo, yo te leo, tú no me conoces, pero yo a ti sí.




YIA

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