martes, 20 de enero de 2015

SALEM (2)




Estoy bien, madre. Sólo quería saber de ti, sentir que hablo contigo. Los extraño.
Extraño tantas cosas. Extraño hasta el suelo polvoriento. No puedo ignorar lo que está pasando, duele en cada uno de mis huesos. Cuando duele más, cierro los ojos y me veo con el hilo en las manos y en lo alto el volantín del abuelo tomando posesión del cielo, puedo sentir el viento en mi rostro; llevo puesto lo que fue de mi padre. También recuerdo cuando saqué del pozo al perro de Marita, me sentí un héroe, aún puedo ver el rostro de mi hermana cuando llegué con Ogur en los brazos. Pero no te escribo para contarte eso. 
Todo va bien, esto es grande, ahora nos llegan nuevos pedidos, hemos expandido el negocio, trabajo con gente de confianza y muy eficiente. Hemos triplicado las ganancias del año pasado y ya sabes, todo lo enviaré para ayudar a que reconstruyan la escuela y que arreglen algunas casas. Pero no les digas que proviene de mí, lo entregas y dejas que ellos se encarguen. Quiero contarte de ella, madre. Hay una mujer, es muy especial. 
A ella le conmueven muchas cosas, siente angustia por mi pueblo, no lo dice, pero veo cómo mira cuando hablamos cerca de ella. Y a mí me dan ganas de abrazarla y de no soltarla, de besarla infinitamente. Pero no lo hago, yo la respeto, aunque la deseo más que a un odre con agua en medio del desierto. Voy a ganarme su corazón, como papá se ganó el tuyo. Sé que debes extrañarlo, pero sé que aunque él ya no esté, de seguro está orgulloso de todos nosotros.


Con amor siempre, tu hijo, Salem.



YIA

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