martes, 13 de enero de 2015

En tono de Sigionot




En tono de Sigionot
Descubriste todo de arriba a abajo sin dejar nada,
como si la nada se inundara de recuerdos.
Haciendo que hendida la tierra oculte un río y que el mar,
el mar en su propia ira naufrague.
Con lanza y fulgor se dio a conocer que un brote contiene
la pestilencia que se despierta si es nombrada como se debe,
y sus pasos sigue, como puede,
una plaga que se vuelve irreductible,
si es llamada con voz grave.
Volviste del mar de las aguas inmensas, y yo,
quedé en la orilla escuchando virtudes,
dejando atrás toda cosa que por sí misma se devore.
Aun, mientras dormía, me levantaba mi propio nombre,
y entre sobresaltos, callé que temía,
y sostuve un abismo en mi garganta,
para decirle al sol y a la luna que se detuvieran por otro instante,
para entender que nada es comprensible en mi cabeza susceptible.
Allí, en medio de todo, teniendo presente tus manos,
vi, cráneos de distintos guerreros,
traspasando con sus propias saetas sus huecos,
vertiendo su propia opresión,
y comiendo de nuevo de ella,
con el placer del que consume en secreto al menesteroso de corazón.
Yo, bajé mi cabeza,
y nuevamente mi garganta guardó silencio,
al ver tus manos pausando la historia,
con la mies que es mucha, y obrera soy.
Te dije, por fin: Ten en cuenta la piedad en los ojos,
la piedad aún se puede ver desde aquí,
aún hay obra por la cual fueron juradas las palabras.
Todavía son eternos los caminos que empiezan
cuando te marches con tus caballos sobre el oleaje.
Todavía tienen vigencia las líneas
de tus manos que ocultan la perfecta luz.
Ahí radica la verdad absoluta, la única verdad,
y quién soy yo, para que escuches mi voz.













YIA












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