sábado, 30 de agosto de 2014

Yialovivi




La historia se desfigura.
Y no sé en qué momento compadecí a Caín.
El sonido tercero del gallo.
La cuerda y el árbol, la horca.
No sé en que maldito momento, rectifiqué,
y cambié la palabra maldito, y la perdoné.
Entonces vuelvo y digo,
no sé en qué bendito momento:
Solté las palomas de la paz
para no dejarlas en cautiverio.
Y me vestí de blanco enfrente del azul y el violeta
y escupí en el suelo.
Desplomando los mástiles y dejando de abanderar
el marketing.
Y ya no más plegarias sueltas, sin lágrimas.
Contrita estoy, desde que siempre fue jamás.
Me traicionarás, me dijo.
Y yo esperé a que me dijeran, lo conoces,
y sólo alcé mis hombros diciendo, no sé quién es.
También di el beso.
Así pasé por la vida con las treinta monedas en la mano.
No pude comprar nada.
También compadecí a las ratas.
Al estiércol.
A Ramsés por ser así.
Pobre Herodes, estaba más perdido que yo
que bailo en el fuego...
Y me miran con pena,
esa niña, quién la ha marcado, por qué escribe
blasfemia.
No secundes la matanza, con tus letras.
Que no es verdad, que no sabes las coordenadas
ni el punto exacto.
Qué es eso del eje, la mano y el yugo.
Qué puedes saber tú de Eva, pobrecita, la echaron.
Y ya nunca más las voces,
la justicia divina se hará cargo, me dicen,
y yo los miro con cara de espanto.
Que no tienen idea de las plagas,
ni remota idea de las langostas con corazas de hierro.
Que yo me sé todas las fechas, los números,
que los escribas tenían razón, eran gente
noble, qué sabes tú, de Pancracios.
No te sumes a los nóbeles, los genios,
no vuelvas a la primera rueda.
No sé cuando, no sé en qué bendito momento
me hablaron desde no sé qué sitio
para decirme que había olvidado tanto.
Sin embargo, desconfiar de los mesías,
que vendrán, me queda exacto.
Que se pongan ante mis letras y no entiendan
nada, que no busquen si no tienen relación
directa.
Que son buenísimos y yo soy mala.
Te vas a quemar si hablas de esas cosas.
Que las cifras, los apellidos, las sotanas.
Los dones echados por la borda.
Los viejos que cuentan historias
a medias porque no se atreven a decir sus
verdades.
Ya basta de creerte iluminada.
Que no ves que te queda grande.
Mira que la evolución, la moral, la ética,
piensa en la supremacía ética,
el diálogo es mejor, no te metas a escribir
cosas difíciles, eso se queda documentado.
Que si la literatura, que si las profecías.
El gallo.
El gallo.
La tercera sonando.
A quién defiendes, por quién estás hablando.
A dónde vas así, con cara de valentía.
Voy a que me corten la cabeza,
a que den latigazos.






YIA

































jueves, 28 de agosto de 2014

Desnuda





Y yo veo sus manos, sus brazos extendidos en el tiempo.
Su pecho que guarda la luna, el sol, y el viento.
Veo su rostro, y se iluminan miles de luciérnagas
en mi estómago.
Y veo su pelo ondulando con la brisa,
llevándose los suspiros que nacieron en mis secretos.
Veo sus ojos, y me paralizan sus dardos
con el primer disparo.
Y me siento más salvaje que nunca,
me pierdo en un letargo fortuito.
Mi mente se colapsa entre miles de alaridos
y despierto de su tranquilizante, rendida.
Como hembra indomable que ha sucumbido.
Miro su boca y quisiera comerla con hambre
frenética, pero no actúo.
Vuelvo y veo sus brazos abiertos,
y los campos de flores, los huertos,
las ciudades repletas, los símbolos, la música,
el sigilo que me parte en dos al mirarlo,
veo, las habitaciones de esas ciudades ostentosas
que me nombran como una letanía
en la boca del ángel que guarda sus puertas.
Y si no eres ángel y me equivoco,
y si las puertas están llenas de abejas
y yo soy el humo...
Y si el tiempo me traiciona en esta visión
que parece ilusoria.
Pero yo veo, y mi cuerpo no resiste,
y el imán me hace suya.
Yo voy a ir.
Voy a ir,
como se viene al mundo.
Desnuda.












Yia















martes, 26 de agosto de 2014

(Más fuerte que la muerte) El Amor



Aquí, a la vera de mi corazón, 
como si se tratara del cantar de los cantares
que entonaba David, 
te observo venir entre las fauces del tiempo, 
y veo tu voz poética,
danzando al romper los muros malhechores
que expulsan a los "no" del misterio,
viniendo con la locura irregular que augura el amor
que desviste las lamentaciones del destiempo,
y que ampliamente nos impulsa a guardar con temor,
con fervor de no dañar lo que ambos hemos forjado
sin miedo al inframundo.
Aquí, a la vera de mi corazón,
te siento como la maravilla del día
en el que la velocidad de la luz admitió que debía ser veloz.
Te siento, como la mano que escribe
los preceptos deliciosos de la sonrisa,
y me quedo ensimismada,
y me pierdo en esta visión irreductible
que me busca sin compasión,
haciéndome adentrar al ritmo de tu pecho
donde sólo tú sabes palear las discrepancias,
que nos fatigan con el sol.





YIA


















lunes, 25 de agosto de 2014

MUSA



El mito es una manera hermosa de explicar los misterios del mundo. Los griegos miraron con amor estos enigmas y los hicieron eternos. La gente me pregunta de dónde se me ocurren las ideas, y me encantaría decir que tengo magia en las manos, un baile especial o un elixir secreto, pero es más que eso; y lo único que puedo decir es que soy una musa que tiene demasiada musa. Qué respuesta extraña. Pero los griegos inventaron la forma de explicar esto de una forma bella. La mitología nos muestra las divinidades, la idiosincrasia, los principios y valores de un pueblo, su grandeza, sus héroes, y nos lleva a tener una percepción hermosa de la cosmovisión de lo que quiere explicar. Propone discutir, evidenciar y describir gran cantidad de fenómenos naturales o humanos, que en la antigüedad difícilmente se podían comprender. El resultado de este compendio de historias y relatos fascinantes, es una enriquecedora visión con un acervo inmenso y riquísima fuente de sabiduría. Esta colección de bellas imágenes y relatos asombrosos nos dan una muestra genial de visiones que están aún vigentes porque, pese a los cambios, pese a los años y los adelantos de la ciencia y la tecnología de nuestros días, la condición humana siempre será la misma. Las musas son esas que susurran al oído las piezas teatrales, las canciones, las danzas, los poemas, las epopeyas, las pinturas y la gran magnitud de la creación artística. Las Musas eran las hijas de Zeus y la titánide Mnemósine, la personificación del recuerdo, la memoria, estos se amaron y copularon nueve noches seguidas, según Hesiodo en su Teogonía. De la unión, nacieron nueve musas de un sólo parto. Su trabajo era embellecer, se dedicaban a armonizar, crear, componer, cantar en el Olimpo acompañadas por la dulce armonía de la cítara del vistoso Apolo, pero también buscaban artistas para inspirarlos y dictarles ideas para sus obras sin que ellos notaran que estaban allí. Eran talentosas, inspiraban y ayudaban a alcanzar la alegría que sólo puede dar la armonía y la belleza. Hesiodo mencionó sus nombres y tiempo después les asignó artes diferentes para que perfeccionaran lo que más dominaban. Terpsícore es la soberana de la danza y Urania se encarga de la astronomía, la filosofía y la ciencia. Erato es la matriarca del amor y la poesía romántica. Calíope es la más importante de todas por su ayuda a los reyes, es la musa de la poesía épica; Clío preside la historia; Euterpe es la señora de la música; Melpómene es la monarca de la tragedia; Polimnia es la jerarca de los himnos, la memoria y el arte mímico; Talía es la patrona de la comedia y protectora del teatro.

La figura de la musa sigue presente en nuestros días, son los motores del ímpetu creativo. Muchos de los conceptos de la mitología griega siguen con la misma vitalidad y vigencia asombrosa. Las musas son esas que velan por las artes y cuya presencia todo artista quiere sentir. La musa en nuestra cultura no es un tipo de deidad, es una mujer virtuosa, humana, es aquella persona que le provoca al artista a crear con fervor, para ella, sobre ella y por ella. La musa se adentra a nuestros días como una promotora de ideas innovadoras, como una gestora que alimenta el alma humana y se dedica a crear lo que aún no se imagina, la musa entra en el corazón de todo lo que toca, de todo lo que expone y le inyecta su fulgor de vida. Las musas mueven a los artistas porque también son artistas.

¿Se han preguntado qué tiene de especial la obra de la Mona Lisa? La señora Lisa, noble esposa Florentina de Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo, ella posó para la pintura más famosa de la historia, no tenía algo especial, ella sólo era una musa. Su esposo, el rico comerciante, le encargó a Da Vinci el pintar el retrato de su segunda esposa. Leonardo Da Vinci, con esa mente luminosa y esa inquieta genialidad paradígmica, quiso crear vida, quiso hacer vivir el recuerdo de la mirada de aquella mujer misteriosa, quería que el cuadro estuviese vivo. Ella posó por dos años, en ocasiones Da Vinci la veía triste y se negaba a pintarla, porque decía que tenía una sombra de tristeza en los ojos, y ella sólo se quedaba a conversar y disfrutar de la música que habían contratado para ella. Todas esas experiencias con la Lisa, llevaron a que Da Vinci encontrará la grandeza de aquella mujer. Ella era sumamente interesante, porque era, ella misma. La pintura de la Gioconda parece estar observando, parece querer hablar, querer callar, a veces parece sonreír, parece estar observando, a veces no, ella cambia cada vez que la contemplan. Una musa es una inspiradora que se eterniza cada día. Podría hablar de la mujer más bella del Renacimiento que se llamó Simonetta, podría hablar de la mismísima Venus, son tantas las mujeres que llenan la vida de tantas cosas necesarias y bellas, que si las menciono no termino, son infinitas. La historia del arte sería diferente sin estas musas, que si bien quizás las sentimos en un papel lejano, y sus nombres están en las penumbras, pero han sido fundamentales en la realización de las grandes obras humanas. El arte es el alimento, del que bien lo consume, pero fundamentalmente del que bien lo produce. Es lo que da la paz y la plenitud. Sin embargo, cuando se tiene una musa, cuando eres una musa, cuando creas con ella, para ella y por ella, es como tocar el cielo y ver la gloria en su extensa magnificencia.





Yia

viernes, 22 de agosto de 2014

ÉBOLA





En las periferias de no se qué lugar
la guerra tiene máscaras extrañas
y un olor que nunca se esfuma.
En alguna parte lejana, no tan lejana
de nuestro corazón,
hay caras lánguidas que no saben de futuro.
Como quién entra en el cuento
de la Muerte Roja y mira a Allan
sudando al escribirlo.
Uniendo el tiempo en su mente
y atándolo a nuestro ahora
simulando un dolor inaudito.
Mirando las formas,
sin ningún porvenir cantado
en sus almas,
esos rostros rodando en una
nube que destila líquido
maldito.
Y hay una fosa de inquietudes
que los abraza en un rito
calculado desde adentro,
como si de un zumbido
se tratara
y un karma inesperado
gritara que no hay cabida para
el cuerpo en esta vida y en ningún
sitio.
Los ojos se nublan como la noche
y el viento se empecina en ir
en contra del suspiro.
La pesadilla se propaga
y el baile se extingue.
El virus se apodera de cada uno
de los órganos con filamentos
inteligentes que tienen la muerte
como destino.
Qué habrás visto Poe, que veo ahora.
Qué sigilo te dijo...
que tal destrucción sobrevenía
sin remedio, sin puertas para ver
el camino.
Qué cicatrices dejaron a tus ojos
metidos en un gran tormento.
Quién te dijo que
cada vez hay más sangre
dañada y menos gente en el silencio.



Yia























jueves, 21 de agosto de 2014

EL FILME





Ya hice mi caminata diaria.
Hice los ejercicios
que si no hago me matan. 
Ya terminé mi cometido con los
tubos ensayo y miré sangre,
la miré anonadada ante el rojo.
Ante la magnificencia que encierra
su composición.
Yo soy observadora 
como la poesía... 
y, a esta hora, ya he cumplido con muchas
cosas,
creo que demasiadas
para lo que aguanta mi cuerpo.
Pero me siento fuerte, puedo hacer más, todavía...
Cambio de planes.
Entro al cine a ver los créditos
de una película, para luego ver la próxima.
Pero antes, saludo a la chica del pop corn
y me dice: pasa, eres siempre bienvenida.
Pienso en lo que dice y llego a la conclusión
de que soy el exilio constante. Quizás, no.
Vi lo que buscaba en la historia, en compañía,
la amistad siempre me corona.
Pero yo lo cuento como si estuviera sola.
Porque sola sueño, y me veo en mi propio filme,
siempre blanco y negro.
Es elegante creo, es algo antiguo siendo tan nuevo,
pero así me veo, 
con una orquesta sonando al final de la nada, 
una canción que detiene las sienes de las almas pensantes 
que se conectan conmigo. 
El cine se vacía. Me despido. 
Y salgo a ser pies sonando sobre el asfalto,
cabizbaja por dentro, 
pero por fuera erguida y diva como siempre. 
Me dejo abrazar por las energías y las siluetas 
que veo danzando en el tiempo, 
esa banda de fantasmas que nadie entiende.
La verdad es que: te pienso y está de más decir 
que extraño vernos a los ojos en silencio.
Y sé cuánto me amas, lo sé...
Ahora podemos seguir caminando sobre los vidrios rotos
a los que llamamos vida.
Tanto amor, tanto amor...
y sólo agradezco, a pesar de todo, la sonrisa,
porque el filme, no termina.





Yia

lunes, 11 de agosto de 2014

Escribir, es un estado. (Profecía)








Va de la mano de leer... de leer autores distintos, de horas llenas de voces, de entrar en las cavernas cerebrales y esencias de muchos. Va de la mano de aprovechar el tiempo, de enfoque, enfrascarse en un aprendizaje colmado de formas y expresiones.
Después sale...
Sale como una profecía, relámpago, o como la caída de una pluma. Sale como por arte de magia. En mi caso, es algo que me satura de manera apacible, necesaria y bendita. Escribir, es un estado. Es parte de mi naturaleza. Es un proceso alquímico, filosófico, es la vida. No escribo porque quiero. Escribo porque no puedo parar, simplemente está en mí, no espero la musa, no es algo que me llega, es algo que está a toda hora, las ideas, las letras, las visiones, los rostros, los adjetivos, los nombres, las escenas, los sentimientos me supuran en el cerebro como una olla de presión que acopla todo de una manera sublime y placentera. Escribir es mirar los sentidos, acariciar los olores, beber las formas, transmutar lo abstracto, ver lo grotesco, lo bello, lo complejo y lo simple. Escribir va más allá de ganarse la vida con eso. Es un estandarte que se lleva al infinito. Escribir es descubrir el estruendo en tan sólo una palabra, literal, que pasa, que vive, se arrastra, pernocta, palpita en la sangre, nos mueve, nos rompe, nos crea...
Escribir va más allá del bien y el mal. Escribir, no es como salir de compras o tener un multinacional. Escribir va más allá de los premios. ¿Lo has sentido? ¿Has sentido como se llenan tus pulmones de agua cristalina aún no inventada? ¿Has sentido un veneno suave, quebrando la sangre de manera indescriptible? ¿Has sentido tu corazón quebrarse del frío, o arder como luz intermitente? ¿Has visto la hierba de los campos más lejanos al cerrar los ojos, la has pisado aun sabiendo que se trata del campo de las sombras imposibles? No se trata de ser escritor o de ser poeta. Se trata de ponerse ante las letras y hacer que salga lo que nos muestra nuestra esencia. Es como lo que le pasaba a Dalí, a Picasso, a Da Vinci, a Frida... con la pintura. Es lo que le pasaba a Handel, Mozart, a Chopin con la música. Es despojarse de todo, caminar la senda de los inmortales, como personas transparentes, que sobrepasan la realidad. El método de sobrepasar las dimensiones a veces es amargo pero, define, moldea, y permite llegar a un hilo eterno. Eso no se logra queriendo llegar a un patético premio Nobel, o a algo temporero. Eso se logra escribiendo para uno mismo, pero a la misma vez queriendo compartirlo. Jamás cambiaría ni por un segundo el peso de las letras en mi pecho, galopando amor, y tratando de imaginar cómo hacer para transgredir a la materia y robar los misterios que nos develan los momentos. 







Yia

viernes, 8 de agosto de 2014

Honores






Encrucijadas, proclamas, acertijos, cálida y fatigada suavidad,
fue la carta de presentación de este dueño de mis días,
misiva reclinada por la luna, en estratagemas
que él y yo comprendemos como la vida misma.

No hubo notas en su pecho;
sólo un enjambre de letras, estrofas y argumentos
que declarar con la astucia sobrehumana
y el argot más bello.

No fingió poder y trató con desdén a la palabra
que estuviera en contra de lo excelso.
No hubo poesía que no sonara a pieza musical en sus manos;
apodó a las mujeres que marcaron su vida
como quiso, para compararlas con ángeles de paso
que rescataron su insigne andar por la tierra.

No fue abrumado por las voces de los políticos de pacotilla,
no lo movió la sagacidad de los que estaban
en su mismo norte con tal de apedrear con envidia.

Las tragedias de la literatura no tuvieron miedo de sus ojos.
Homero lo convenció de volver a la casa de Penélope.
A pasos agigantados caminó por el sur 

sin saber que le esperaba y con ojos de hombre amó.

Lo sorprendió una Sor, una escriba imponente,
una muerta en vida, una ciega de amor, una patriótica
y otras que no me ha contado todavía.
Qué habrá hecho que sucumbiera en mi pecho
después de probar toda la interminable gloria.

El alma no se sacia sin haber bebido
de una igual a la suya, me dijo.
Quizá lloró al comienzo de cada mudanza
y vanamente absorbió el smoke del camino.
Quizá temas minúsculos resolvieron con poesía
la grandeza de los esplendores que su esencia percibía a gritos.

Qué habrá pasado al contemplar al rey Lear
y los cantos abismales de un teatro infinito.
Cómo le habrán besado antes
para que le urgieran los besos míos.

Dado a que lo conozco como la palma de mi mano
y que la piromancia de nuestros ojos vacían del amor los estantes,
en memoria de todos sus logros, retruécanos,
y columnas llenas de la flor del Principito clonada en voces,
me honro en nombrar laberinto al único dueño de mis goces.






















Yia

jueves, 7 de agosto de 2014

Penélope

Oh Homero,
cómo pudiste pintar mi amor, certero.
Cómo sentiste mi canto en las habitaciones. 
No importa que turbe mi alma la espera, 
nada tiene que ver el dolor que ceba mi espíritu.
Cuán dulce es amar a Odiseo.
Cuánto añoro el perpetuo recuerdo
de sus ojos fieros.



- Yia

La Sal de la Tierra





No le hacía caso a nadie.
No decía su secreto, hasta que un día me lo dijo.
Me contó sin temblar, que nació a las seis horas,
del sexto día, del sexto mes, del sexto año.
Pasó toda su vida siendo señalado por eso.
Lo llevó a su corazón, lo creyó.
Eso creció adentro de él.
Era sabio, brillante, cuando abría la boca
todos tenían que callarse.
Nunca lo vi malo.
Nunca habló de más.
Si era malvado no se notaba.
Todo lo que decía era sensato.
Pero sí, era devoto a su padre
o a lo que creía que era su padre.
Hacía lo que tenía que hacer según
su pensar, según sus lecturas,
sus ejemplos, su forma de ver
lo que le inculcaron.
He hizo daño, y vino a matar, a destruir,
a robar, a mentir, a caminar en azufre
y a no quemarse, porque conoce el fuego.
Vino a no tener compasión, ni lástima por nadie.
Y dibujó pentagramas, he hizo a muchos caer.
Él sabía lo que hacía, yo lo veía, lo intuía,
pero no decía nada.
Un día me dijo: Por qué no me temes.
Si sabes quién soy.
Le dije: Porque mi alma es como el alma de los niños.
A un niño, el libro negro le parece un chiste,
pasa las páginas y nada le quema.
Escucha la misa negra, cargada de muerte,
y le parece que escucha la brisa.
Pisa el ouija y dibuja sobre él un árbol.
Los ritos no le mueven, porque no sabe
qué están haciendo.
No le interesa, se ríe, no por indiferencia,
sino inocencia, por pureza,
y nada puede dañar su ser.
Él ha visto superhéroes.
Él cree de otra manera.
Una toalla en su espalda es una capa
que lo hace volar...
Él ve lo que no está.
Me dijo: Sabes qué se necesita para domar
al mismísimo hijo del diablo.
Que no le hace caso a nadie.
Sí, le dije, necesita amar.
Porque eso lo alejaría de la naturaleza
del que cree que es su padre.
Me sonrió y contestó,
eres la única persona que puede hacerme
tambalear.
La respuesta es más compleja,
tan compleja que es simple:
Para domarme solo necesitaste
mirarme sin temer, amar,
ser luz y de la Tierra, la sal.











Yia






















miércoles, 6 de agosto de 2014

Hacerme poema





Para amarme a mí tienes que crearme cada día.
Tienes que inventarme fuera de tus manos y
desglosar mi anatomía en evocaciones que no se perciben solas.
Debes mirarte al espejo y amarte para amarme a mí.
Quererme hasta el último suspiro y pensamiento extendido.
Para quererme a mí hay que confesarse con la luna infinita.
Evidenciar que el amor existe en el poder del chasquido de nuestros ojos.
Amarme a mí es vencer el viento que no te deja extender las alas.
Es renunciar a nada porque al existir te completo.
Amarme a mí es quererme aun en mis días de mojigata, traga libros,
revolucionaria, excéntrica, enigmática y callada.
Amarme en los momentos que soy una bomba de mujer
que retumba el suelo porque se sabe sensual
y no le importa que otros no lo entiendan.
Para amarme a mí debes llegar justo a tiempo al lugar donde habitan
los versos, porque si no,
no vas a entender de donde saco el poder de las palabras.
Para amarme a mí, no debes conocer todo esto que digo
y tiene que nacer solo en tu alma,
y alojarse en tu corazón.
Quererme necesita destiempo, para amarme debes tener principios
que no terminen cuando opines distinto.
Para amarme a mí no necesitas nada.
Porque puedes amarme, porque sí.
No tienes que creer en nada que no se amolde a tus latidos.
Para quererme a mí sólo debes sentir compasión por el prójimo
y amarme con la fuerza que sobrepasa el entendimiento.
Amarme hasta cuando no te ame, porque para amarme a mí
debes nacer de nuevo.
Debes amarme indefensa, fuerte, cuerda...
Para amarme a mí sólo necesitas incluirme en tus letras.










Yia








martes, 5 de agosto de 2014

La Gran Ramera, está sentada sobre la Bestia


Tienes sangre en las manos.
No la ves pero está ahí.
No has tenido escrúpulos.
Tus víctimas ascienden con el tiempo.
Has cubierto tu carne con el sabor de tu propio castigo.
Te ataviaste y pintaste tu cara
para llenar todas las paredes
de palabras persuasivas.
Lo que impera en ti es más que lujuria, lascivia,
gula, ira, soberbia, es más ardiente que el fuego, es grotesco.
Tu maldad se acumula en maquinaciones que no notas.
Hipnotizas a un séquito de fieles que no consiguen la alegría.
Disfrazas las plagas que te consumen con algún pretexto.
No te basta matar porque según tú,
tienes la razón si tu legión dice que lo que predices es cierto.
Has puesto por escrito tu epitafio,
dirá: Hasta aquí llegó mi necedad, me gustaba el aplauso.
No conoces el silencio,
callar necesita dominio propio
y eso es sólo de sabios.
Te volviste imperdonable.
Ángeles diligentes soplaron noches sobre ti
y sólo emulaste a la parábola de las ciudades
que eran dos mujeres que se prostituyeron
en su juventud.
Te cubriste de amantes y ellos
derramaron su pasión sobre tu ombligo.
Y gemías entre dormida y despierta
recordando la temperatura y la densidad
de su flujo parecido al del asno.
Te paraste en un sinuoso estrado a decir
que traías incienso y aceite.
Entregaste tu lengua al error y al pillaje
con tal de encubrir tu sed depravada
de alto honor y gloria.
Todas las mujeres serán advertidas
por tu causa.
No habrá pensamiento tuyo que no quede
descubierto al son de la trompeta.
Serás la burla, el escarnio
en lo hondo y ancho de esta copa.
























viernes, 1 de agosto de 2014

Todos somos Palestina

Unas manitas frías.
Los ojos llorosos.
Cuerpos inertes a la distancia.
La franja se pudre como el cinto
y nos deja sin nada bajo los pies.
El deseo de la victoria nos humilla
profundamente.
El camino se ha vuelto espantoso.
La vida se ha vuelto un caos sin nombre.
Pero decidí alzar la voz.
Empuñar la luz..

Gritar... 

Hay esperanza. El ruido pasa. 
Todo está escrito, aunque no lo entienda.
 Hay pensamientos altos. Hay pensamientos.
 Hay cosas que no entendemos. No entenderemos.
 Cosas que no acepto. No acepto.
 No acepto porque no caben en mi pequeñez humana, 
en mi lluvia de efímera existencia. 
Pero algo me dijo al oído: No hay remisión
sin derramamiento de sangre.
No hay alegría que no conozca las lágrimas. Hay esperanza.
 Hay esperanza, después de la ceniza, el viento la sopla. 
Los niños sonríen desde la otra orilla... 




Yia

Invisible



El destino repasa desde ahora su agenda de preguntas
y se percata de que un hilo nunca se rompe en cierto punto.
Entonces entro en la nada como si fuera el cuadro que pinta una musa
y me toca cruzar el valle que traza, llena de anécdotas.
Salgo de la imagen repleta de líneas, gastando un tiempo ilusorio
que no marca las lunas.
La realidad se besa con lo inusual y el amor mira lo extraordinario
con miradas de complicidad.
Hablan entre sí, mientras me observan.

(No le cuentes a ella, murmura uno,
deja que sola encuentre la llave y sea el medio, la unidad.
Ahí viene nuevamente a preguntar, es incansable.
De todas formas no van ver lo que hace porque están lejos.
A mí me enorgullece que no quiera ser el centro,
que renuncie a todo por ostentar dádivas impensadas,
tesoros que la polilla no puede gastar.)

Mírala de nuevo, su método
entra en el núcleo, quién podrá impedírselo,
mírala está preguntando más...

Desde qué vientre la noche clama por tus ojos.
Desde qué corazón palpitan las estrellas.
Desde cuántas razones he perdido la noción, para ser hambre.
Desde qué boca los versos saben a frutas.
Tantos bríos, tanta fiebre, cuán sublime es detenerte con el impacto.
Y que duela, que duela.
Cuánta libertad nos mira desde nuestras cárceles internas.
Hoy todo huele a sábado.
Todo se ha ido absorbiendo en una fibra que dejé al Sol.

El amor entra por un resquicio y me mira asombrado
como con ganas de aplaudir y decirme: qué bien has analizado
lo que se supone que no conozcas, que no sepas.
De dónde te soplaron los misterios del cuerpo inmenso
que contiene el universo en una gota de lluvia.
Por qué sabes eso, quién te ha permitido ser invisible.



Yia