sábado, 20 de diciembre de 2014

Ni uvas en la vid, ni higos en la higuera



De nuestra desolación han huido a los montes los lamentos
 y allí hacen morada las cuitas.
Se desdobla la noche al asomarse el día y la emboscada continúa.
Si fuera agua derramaría mi cabeza a los muertos 
como un río que se vuelve destello.
Si fuera ave volaría lejos de estas ruinas.
Sólo soy una elegía por los campos desolados 

y he sido vista como hábil para vencer lo cruel del misterio.
Ni siquiera quedan las bestias, no hay bramido ninguno.
Ni voces, ni trinos del cielo, no hay pasos distantes.
Todos se han ido tras la terquedad del pálpito.
No hubo sabio que entendiera lo alado del pacto.
Cada reverberación era una señal que se perdía, se sigue perdiendo.
Les darán de comer ajenjo y beberán agua envenenada, de tanto.
Subirá la muerte por los palacios

 y entrará por las ventanas filtrándose con sigilo.
Los cadáveres cubrirán la faz del campo 

y caerán como estiércol.
No habrá quién recoja los cuerpos.




Yia
















































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