viernes, 12 de diciembre de 2014

BURKA






Cada piedra lanzada es un muro que se estremece.
Una tristeza con años de asedio es nube negra
 asomada desde la cuna.
Acogida con ternura tu rostro es verso
 y remisión en sangre de siglos.
Tú naciste en el azar de una moneda.
Noches de penumbras calmaste con una canción muda.
Lloraste las lunas que adornaban sin que nada delatara tu presencia.
En la mañana no pudiste encumbrar esos volantines 
que tanta vida te daban.
Niñez rota deseando el vuelo del viento,
 mientras tus manos caían como espigas secas.
Tus ojos siempre mirando los cántaros que recogías 
para que el sol nunca te fatigara.
La condena del ostracismo cortando tus alas
y parir hijas también rotas, faltas de brillo, 
tiernamente oscuras.
Años de duelo no pudieron robarte la palabra.
Nada te quitó el asombro.
El peso de estar enterrada estando viva,
enterrada hasta el cuello en esa tierra, 
tantas veces cultivada por manos que juraban ser santas.
Querías derribar las paredes del terror,
botando el hiyab para consolar el alma.
La carga de los siglos duele adentro en los lazos de historia,
 hindú, caspia, árabe, turca, griega, batriana y persa, 
en un solo llanto que vuela con dos alas.
Cada queja es gota de lluvia que recita la vida con voz propia.
Los landays en la distancia anuncian, si el dolor, si la muerte,
si las leyes limitan y
oscurecen los sueños sin tiempo,
las ráfagas se vuelven espirales que repasan las heridas.
Baja una lágrima sentida resbalando
 por tu cara mientras caminas.
Tú no molestas, ni pesas, suavemente te vas sacudiendo
del polvo, venciendo las cenizas.
(Mis respetos para la mujer de manto)








YIA



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