martes, 18 de noviembre de 2014

VINCENT




Debí estar en algún texto sobre memorias de putas.
Debieron inmortalizar mi recuerdo en alguna esquela
que nombrara el amor en rarezas extremas. 
Lo amé a él.
Bebí de sus tantas demencias, de sus noches
entre oraciones perfectas y vanos golpes a su propio
cuerpo.
Conocí por su piel las calles de Bruselas,
los trazos que hacían vivir a los mineros y esas trabajadoras
que agachadas seducían a los demonios que llevaba por dentro.
Supe todo sobre las mujeres que amó, su paciencia
para con Sien, su fervor para Kee, el amor ciego
de Margot hacia él, su breve historia con Eugene.
Pero nunca pregunté si ellas tenían algo en común, ¿para qué? 
Nadie sabe que yo tenía la capacidad de entender
sus dolencias, sus genialidades amé como nadie las amó.
Leí las cartas a Theo y lloré, cartas que él escribía
a su hermano en la sangre, a su hermano cielo,
a su hermano brújula, su sustento bueno. 
El Sorrow a la que le mostró lo más cercano a ser padre,
atesoré,
digerí el rostro arrugado de aquella mujer que fue importante
para él. 
Sabía que él amaba a las mujeres de negro, a ese
gesto sombrío inagotable en los rostros faltos de amor.
Sabía todo sobre él.
Compartir sus sueños y su miseria en pláticas conmigo,
era como abrir el firmamento en aquel burdel.
Había más (que orgasmos sonoros y silenciosos) entre nosotros.
Él sabía cuatro idiomas a la perfección, podía aplacar mis miedos,
y brillaba conmigo hasta el más elevado intelecto.
Yo podía introducirme en las lunas y en sus colores
de niño, hombre, misionero, rechazado por la iglesia,
rechazado en el amor, rechazado por su propio cuerpo...
al menos eso decía su semblante desecho.
Amé su forma maníaca de hablar y sus delirios satánicos
entendí sin dudar que su alma era más que pasajeros
momentos de dolor que recordaban el, -no, no, jamás,-
de alguna mujer que veneró.
Siempre agradecí que un reverendo lo motivara a pintar.
El bucle artístico en espiral formaba la grandeza
de un ser sumamente especial.
Lo amé siendo tan puta que aún pelean por saber 
si Paul Gauguin lo hirió en una disputa.
No está claro si fue un acto deliberado o fue accidental,
-dicen las lenguas.-
Pero lo que nadie sabe, es que Vincent Van Gogh
quería pintarme como a ninguna.
Entre complicidad y risas, le acaricié un lado de su cabeza
y le pedí como quién seduce,
que a cambio de eso me diera lo que mi mano rozaba a esa hora. 
Tan terrible era su amor, tan terrible era,
tan fuerte, tan celestial, tan lujuriosa fue su respuesta,
que envuelta en un trapo me entregó su oreja.
Me la entregó, me la entregó,
como quien todo entrega.







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