miércoles, 8 de octubre de 2014

LA GLORIA


Uno nunca sabe, o sí.
Quizás tengamos un precio.
Hasta ahora lo dudo, dicen que al final,
al final, muy allá al final uno tiene precio.
A mí que ni me compren o no sé,
eso me parece bastante aterrador.
Así pensaba hasta que un día vienen
unos ojos que te quieren matar y te tiembla todo.
Entonces, recuerdas la escala de Mohs,
porque parecen piedras preciosas
y te sientes atraída por tres milímetros
de iris en cada ojo, lo que hacen un total de seis
por dos de ancho milímetros de iris negro azabache, negro ónice,
dureza siete en la escala de Mohs.
No sé quién tuvo la osadía de invitarte a mis grises raros zafiros,
tres milímetros de iris en cada ojo, que dan a seis por dos milímetros,
con nueve de dureza en la escala antes nombrada. Y arde Troya.
Y siento como Aquiles elije entre la paz y la gloria,
yo humildona al fin, hubiera elegido lo primero.
Pero me he quedado pensativa, y sí lo mío,
era la gloria, qué hubiera sido de mí.
Pero ya saben el resto de la historia,
terca tropezando con la misma piedra y claro, directita al talón.
Pero quién piensa en eso en estos tiempos,
esta demente que lo único que hace
es tramar acertijos, y aullar, maullando,
con sonidos silenciosos a la misma luna que ven todos.
Me hubiera quedado a descansar
tranquila en alguna islita griega, pero no preferí
dormir disfrutando la gloria.
Al fin y al cabo, llegan los giros revolucionarios,
las independencias y yo me quedo intensamente introducida
en esos seis por dos milímetros de iris, y esas pupilas
puertas del cielo en el que quiero volar.
Luego recuerdo que tienen un número
en la escala de dureza y me someto
sin amparo ni tregua a inventar cómo hacer
para obtenerlos.
No sé si llamar a Cupido pero en él no creo tanto,
no llamo al Diablo, porque él viene solito.
Entonces, planeo cambiar mis veredas,
y trato de revisar el inventario de mis cavernas de ego involuntario,
y limpiarlas, emulando a algún rescate en el que me salve a mí misma.
Es así como me compadezco de mis ganas
de acercarme a los valores relativos que me muestras.
Y me enamoro más de que te enamores
de mis grises egipcio, gris eterno, seis por dos milímetros,
de no ir viendo fantasmas como Bécquer,
y ahí la paradoja: por tus seis por dos milímetros
de pupilas negras, con algo valioso, valioso, que no creo
que pueda pagar si no es con alto sacrificio,
tan alto como aquel que según algún escrito,
compró con sangre a la humanidad entera
para perdonar la infinidad de basura que tenían los perdidos.
Algo así, porque tú eres todo mi mundo. Yo siempre lo supe:
Que la escala de Mohs dice que eres más que millones de diamantes,
y que no son tus ojos y los míos, minerales,
ni gemas preciosas inmensamente bellas, ni cuarzos, ni calcitas bonitas.
No cambian tus ojos según la iluminación, no tienen dureza.
Poseen toda la luz, toda.
Pero en algo te doy la razón, vale la pena el sacrificio,
es la única manera de obtener la gloria.








YIA







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