lunes, 20 de octubre de 2014

HUMANS ARE THE REAL MONSTERS

Me confieso con poesía.
Recuerdo que no le temía a la oscuridad.
Estaba acostumbrada a las cosas que hacían mis tías.
I see dead people, y era normal para ellas.
Así como en el filme, pero a nadie le importaba.
Perdí la capacidad de tener miedo o
tenía tanto que podía enfrentarlo,
me tapaba con las mantas pero era
porque no quería ver,
era muy pequeña, muy pequeña.
Y allí estaba, siempre en el baño, un señor
entre penumbras que parecía estarme esperando
para un ritual desconocido.
Una ceremonia.
Allí en el patio un indio que me hablaba
cosas que yo entendía con sólo mirarlo.
En el pasillo, Angélica, Angélica, yo no
me llamo, Angélica.
Pero sí, a veces me llamaban por mi nombre.
De pequeña recuerdo tanto, pero es muy
lejano lo que veo porque los adultos nos hacemos
los tontos y no queremos mirar los recuerdos
inservibles y esas cosas que no se pueden
mencionar.
Porque soy problemática y traigo temas
que a la gente le asusta y me tildan de bruja,
y no sé qué cosas, digamos que soy parte
de la simpleza, primitiva, rudimentaria.
Parte de la pragmalingüística
en un subcampo de la lingüística,
quizás, de imaginación de permanencia o no sé qué más.
Pero buscando bien, no padezco de insomnios
ni de llantos ahogados, ya les dije que de loca ni un pelo.
Así era, meterme a la cama enorme aquella
y taparme completa porque los ojos pasmados
de los peluches sabían que una niña rubia
iba a entrar en cualquier momento para
jugar a los pies de mi cama con mis pinturas.
Un día me regalaron un crucifijo y lo puse en
el suelo, y la niña de The Ring justo en el centro.
Era igualita, el que hizo el filme tuvo que haberla visto
también, no crean que todo es pura fantasía.
El espectáculo era siniestro, y eso que aún
no les cuento de las risas, las conversaciones,
los dialectos, chillidos que parecían perderse...
Muchas veces pensé en grabarlos.
Pero allí estaba yo, sin dios que me escuchara,
como en el cuadro del Bosco, sin sentido,
todo se desparramaba, y yo era tan pequeña.
Sin clamores, sin nada que contestara:
Por qué no me hacían nada, por qué eran
conmigo como si yo fuera parte del otro lado
que no es visible.
-El limbo viscoso, desamparo absoluto,
aprende sola a controlar las llamas.
Sumirme a las amenazas del espejo,
a las miradas de la muñeca de porcelana,
a las frases sueltas: un anciano me dijo hija
de Sión, y no entendí nada.-
La puerta siempre daba pie a figuras, podían
pasar estando gente cerca, les decía miren,
y nadie veía, no es nada.
Algún día entenderás. Mi abuela no me explicaba.
Mi mamá tampoco.
Así que frisa arriba y cantar un poco hasta
quedarme dormida.
Entonces aprendí a conocer los peores
reflejos, los espectros ya no eran lo que eran.
Mi visión precisa casi alienígena, casi láser,
mezclada con algo de miopía... me hacía
entablar comunicación con los quasimodos
y las legiones más desconocidas.
Y ellos ahora me temían porque ya avanzada mi imaginación
pude decirles lo que querían escuchar y pude
entender para qué me querían.
Un día prendí unas velas, y ahí fue peor,
llegaron todos de golpe y qué pasó.
Nunca supe, me desmayé, pero me dejaron
un libro encima de la cama y aún lo guardo...
Pero el otro día pensaba, hace mucho que no me visitan,
tan visibles, puedo sentir, pero verlos verlos, no tanto.
Me volví adulta, sintieron el cambio.
Y claro pude encontrar, respuestas lógicas.
Dormir con la lámpara encendida podía hacer
que vinieran menos y eso bastaba.
Pero también pude entender que los
peores seres están vivos y actúan sin piedad,
a plena luz del día.












Yia

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