domingo, 19 de octubre de 2014

Digan

Camisa blanca de botones, falda línea A, amplia en el ruedo,
como si fuera inocente.
Sin ganas de mostrarse sensual.
Sentada en el borde del teatro, analizando sus papeles.
Esperaba su turno, con un foco azul alumbrando su entorno,
y ella seguía metida en ese folio.
Su mente concentrada, sus manos temblorosas, 
aunque para todos eso es imperceptible.
Esa masa que luce con ganas de pedir explicaciones.
Espera mucho de ella.
No voy a decepcionarlos, pensó, pero lo que voy a decir no va ha gustarles.
Alguien anuncia su nombre.
Mira hacia atrás como tomando impulso, se yergue
sobre su propio cuerpo y se para con un gesto desafiante.

Digan, digan. Digan, sigan diciendo.
Que yo también me sé esos cuentos, y claro,
cuatro o no sé cuántas generaciones más llenas de los mismos cuentos,
atormentándonos y durmiéndonos.
Digan, digan, digan, que puede que yo sea joven
y que hay cosas que no sé es cierto, pero con tanto cuento,
son escasas las cosas que olvido y las que no, no me dejan dormir.
Pregunten.
La poesía es también un arma cargada de mucha miseria
que mata al adversario y al que pulsa el percutor,
que se mueve lentamente.
No crean que todo es bonito.
Pregunten, que deseo saber que me dice aquel, que se explique.
Cuántas generaciones más tenemos que esperar
para saber qué entiende él por futuro.
Todavía no me dice nada.
Y que éste arma ni aprieta ni deja sin respirar, pero muy bien que ahoga.
Ahora que nos dejan decir que somos los que somos
y que nos dejan ser nosotros mismos (ni mucho)
que si fuera por ellos nos callarían de una buena vez.
Porque no somos nadie, y quién nos dio vela en este entierro,
que vamos por la fila dos entusiasmados con la nada.
Que somos unos vagos, porque somos poco peligrosos.

Y ya de paso a otro,
por no mencionar a Unamuno,
Que vencieron y convencieron, que convencieron muy bien.
Y luego la paz esperada, la sociedad se tornó algo distinta,
y la calma se hizo cada vez más insoportable,
y la gente a consecuencia de esto se hizo
insoportablemente mediocre.
Pero no fue culpa de él.
Y la vida siguió su rumbo taran taran,
como quién no quiere saber de nada,
como las cosas que no tienen mucho sentido,
como decía aquel que no quiero mencionar.

Se toma un sorbo de agua, para que la voz se le aclare,
echa su pelito por detrás de la oreja y continúa diciendo:

Y no le cuenten a Neruda, ni le pongan la tele,
es más no le digan, que pasó lo que tenía que pasar.
Que sí, que hubo versos más tristes y que vinieron
horas cargadas de tanta hiel.
Que lo cierto que es pudimos escribir versos tan deprimentes
en noches de besos y lascivias, en noches de Pandoras
revueltas, sí, noches que les deseo y no les deseo
a menos que sean poetas.
Porque de otra manera no hubieran podido resistir a los buitres
callados, los cuervos y los presagios de horas como esas.
Tampoco le cuenten de Stalin, eso sería muy cruel.
Le romperíamos el corazón si viera cómo está el mundo
que vivimos.
Le partiríamos el alma si descubriera que echamos a perder todo
y que fallamos en más de lo que se podía fallar.
Si él viera. Si otros vieran. No volverían a escribir ni un sólo poema
de amor, nunca más.
Y todos vendrían con una metralla cargada, ni un solo jacinto,
ni una sola rosa roja, no.

Y eso no es lo queremos.
Es demasiado para un poeta.
Es mucha la responsabilidad.
Pero estoy segura, de que un poeta, nunca, nunca,
deja su misión.
Digan, que yo me sé todos sus cuentos. Yo también escribo,
no me voy a callar, yo también tengo voz.

Yia



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