lunes, 29 de septiembre de 2014

Vino a mí el verso.
El averno, la cumbre y las aves.
La canción del silencio.
El hambre enlazada a la vida.
Vino el llanto sin quejas.
La próxima puerta, el valle
de la muerte y la salida de mi tumba.
Vino el pasado y la ventana prohibida,
le dije adiós al primero, y abrí la segunda,
desobedeciendo.
Miré el desperdicio, el venir de las fiebres,
las pretensiones entre ruinas.
La diosa de mentira se reía de mis ojos
como si fuera su enemiga.
Yo frenética del pensamiento
exoneraba el sabor turbio de las horas
y me tiré al otro lado,
aún viendo el vacío que me esperaba.
Bajando sentí que a la vez subía.
Una paz extraña acarició mi cuerpo.
Ya no fui más la niebla.







Yia

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