jueves, 7 de agosto de 2014

La Sal de la Tierra





No le hacía caso a nadie.
No decía su secreto, hasta que un día me lo dijo.
Me contó sin temblar, que nació a las seis horas,
del sexto día, del sexto mes, del sexto año.
Pasó toda su vida siendo señalado por eso.
Lo llevó a su corazón, lo creyó.
Eso creció adentro de él.
Era sabio, brillante, cuando abría la boca
todos tenían que callarse.
Nunca lo vi malo.
Nunca habló de más.
Si era malvado no se notaba.
Todo lo que decía era sensato.
Pero sí, era devoto a su padre
o a lo que creía que era su padre.
Hacía lo que tenía que hacer según
su pensar, según sus lecturas,
sus ejemplos, su forma de ver
lo que le inculcaron.
He hizo daño, y vino a matar, a destruir,
a robar, a mentir, a caminar en azufre
y a no quemarse, porque conoce el fuego.
Vino a no tener compasión, ni lástima por nadie.
Y dibujó pentagramas, he hizo a muchos caer.
Él sabía lo que hacía, yo lo veía, lo intuía,
pero no decía nada.
Un día me dijo: Por qué no me temes.
Si sabes quién soy.
Le dije: Porque mi alma es como el alma de los niños.
A un niño, el libro negro le parece un chiste,
pasa las páginas y nada le quema.
Escucha la misa negra, cargada de muerte,
y le parece que escucha la brisa.
Pisa el ouija y dibuja sobre él un árbol.
Los ritos no le mueven, porque no sabe
qué están haciendo.
No le interesa, se ríe, no por indiferencia,
sino inocencia, por pureza,
y nada puede dañar su ser.
Él ha visto superhéroes.
Él cree de otra manera.
Una toalla en su espalda es una capa
que lo hace volar...
Él ve lo que no está.
Me dijo: Sabes qué se necesita para domar
al mismísimo hijo del diablo.
Que no le hace caso a nadie.
Sí, le dije, necesita amar.
Porque eso lo alejaría de la naturaleza
del que cree que es su padre.
Me sonrió y contestó,
eres la única persona que puede hacerme
tambalear.
La respuesta es más compleja,
tan compleja que es simple:
Para domarme solo necesitaste
mirarme sin temer, amar,
ser luz y de la Tierra, la sal.











Yia






















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