viernes, 8 de agosto de 2014

Honores






Encrucijadas, proclamas, acertijos, cálida y fatigada suavidad,
fue la carta de presentación de este dueño de mis días,
misiva reclinada por la luna, en estratagemas
que él y yo comprendemos como la vida misma.

No hubo notas en su pecho;
sólo un enjambre de letras, estrofas y argumentos
que declarar con la astucia sobrehumana
y el argot más bello.

No fingió poder y trató con desdén a la palabra
que estuviera en contra de lo excelso.
No hubo poesía que no sonara a pieza musical en sus manos;
apodó a las mujeres que marcaron su vida
como quiso, para compararlas con ángeles de paso
que rescataron su insigne andar por la tierra.

No fue abrumado por las voces de los políticos de pacotilla,
no lo movió la sagacidad de los que estaban
en su mismo norte con tal de apedrear con envidia.

Las tragedias de la literatura no tuvieron miedo de sus ojos.
Homero lo convenció de volver a la casa de Penélope.
A pasos agigantados caminó por el sur 

sin saber que le esperaba y con ojos de hombre amó.

Lo sorprendió una Sor, una escriba imponente,
una muerta en vida, una ciega de amor, una patriótica
y otras que no me ha contado todavía.
Qué habrá hecho que sucumbiera en mi pecho
después de probar toda la interminable gloria.

El alma no se sacia sin haber bebido
de una igual a la suya, me dijo.
Quizá lloró al comienzo de cada mudanza
y vanamente absorbió el smoke del camino.
Quizá temas minúsculos resolvieron con poesía
la grandeza de los esplendores que su esencia percibía a gritos.

Qué habrá pasado al contemplar al rey Lear
y los cantos abismales de un teatro infinito.
Cómo le habrán besado antes
para que le urgieran los besos míos.

Dado a que lo conozco como la palma de mi mano
y que la piromancia de nuestros ojos vacían del amor los estantes,
en memoria de todos sus logros, retruécanos,
y columnas llenas de la flor del Principito clonada en voces,
me honro en nombrar laberinto al único dueño de mis goces.






















Yia

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