viernes, 22 de agosto de 2014

ÉBOLA





En las periferias de no se qué lugar
la guerra tiene máscaras extrañas
y un olor que nunca se esfuma.
En alguna parte lejana, no tan lejana
de nuestro corazón,
hay caras lánguidas que no saben de futuro.
Como quién entra en el cuento
de la Muerte Roja y mira a Allan
sudando al escribirlo.
Uniendo el tiempo en su mente
y atándolo a nuestro ahora
simulando un dolor inaudito.
Mirando las formas,
sin ningún porvenir cantado
en sus almas,
esos rostros rodando en una
nube que destila líquido
maldito.
Y hay una fosa de inquietudes
que los abraza en un rito
calculado desde adentro,
como si de un zumbido
se tratara
y un karma inesperado
gritara que no hay cabida para
el cuerpo en esta vida y en ningún
sitio.
Los ojos se nublan como la noche
y el viento se empecina en ir
en contra del suspiro.
La pesadilla se propaga
y el baile se extingue.
El virus se apodera de cada uno
de los órganos con filamentos
inteligentes que tienen la muerte
como destino.
Qué habrás visto Poe, que veo ahora.
Qué sigilo te dijo...
que tal destrucción sobrevenía
sin remedio, sin puertas para ver
el camino.
Qué cicatrices dejaron a tus ojos
metidos en un gran tormento.
Quién te dijo que
cada vez hay más sangre
dañada y menos gente en el silencio.



Yia























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