jueves, 10 de abril de 2014

Neblina



Los árboles rezan a esta hora y yo no los entiendo. Un murmuro lento, sube y baja alternando razones obvias. El tiempo, es una alegoría si lo miro ahora. El olvido, es un recuerdo constante que nos miente con su nombre. El dolor, es la última palabra que pude decirle a mi abuela. Es la mirada que me dio antes de cerrar sus ojos para siempre. He vuelto al bosque buscando refugio entre las bestias, porque son menos perversas que los rostros de afuera. Hay humo rozando mi herida y un extraño vaho quiere sanarme, pero no me conoce. Cree que no siento cuando se acerca. Prefiero no contarle de mi gesto tranquilo. No llevo una coraza para que me adorne, es necesario asumir valentía. Pero a quién voy a engañar, soy vulnerable. Mis ojos no son lo que otros piensan, tengo compasión en la sangre, pero no soy carne de los lobos. Puedo trepar y escapar en una plegaria que nadie escucha o cantar una canción rota que amilane el accidente de las raíces cuando chocan. Me enveneno la lengua consumiendo una suerte que no me mata. El orden afuera es el desorden aceptado y yo no lo acepto. Mi vestido de lluvia se ha ido, pero lo tropical se queda. Hay un vaho que quiere sanarme, pero no me conoce, se aleja.

Ya no lloro y no es porque no quiera; me he despojado de todo. Dejé mi falda en una rama y junto al río dejé la camisa. No recuerdo dónde dejé mis botas. Sé que llegas a esta hora para verme nadar, tú crees que no te veo entre los árboles de la otra orilla. A dónde huiré de tu mirada dulce, de tu compresión intacta. Hay amores que traspasan las dimensiones como también hay puentes en las miradas. Hay un vaho extraño que quiere sanarme, pero no me conoce, se aleja. Me ha soñado la neblina.

Yia















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