domingo, 23 de febrero de 2014

Vasija



Tomando en sus manos la vasija. La dejó caer. Dijo: De igual manera romperé tu vida y no tendrá arreglo, mas que mi arreglo. 

(¿Qué harás cuando falte tu hermano? Eres muy joven para gobernar, ¿has visto de qué manera está el pueblo? ¿Puedes tú con tanta carga? No creo que una mujer pueda con todo eso. Decía Cleóyd, mientras organizaba el cuarto de Raida.)

-Mi Cleóyd, ya sé que mi hermano no volverá de la guerra. Lo he visto en un sueño, contestó Raida.

Raida sabía que tenía que dar el discurso. Dudó, pero respiró profundo y pensó en las palabras correctas. Ya todos estaban en sus puestos. La multitud aclamaba. Ella se puso de pie y de frente al atrio, pronunció las palabras: Sé que Turín murió y que ahora sólo quedo yo. Entiendo que no confían en mí y que mi vida no refleja lo que ustedes quisieran, pero haré todo lo que esté a mi alcance para representar a mi escudo de la mejor manera. Se despidió con un ademán incompresible y desapareció de la vista de todos.

De los negocios de mi padre estoy sedienta. He traído los estatutos para repasarlos. Dirán que no soy lo que ellos quieren que sea, pero precisamente eso quiero darles, algo que ellos ni siquiera saben que ostento. Un segundo de mi paz acariciará sus rostros y traerá un nuevo orden.

"Que he dejado mi primer amor, me recalcó mi padre hace unos años''. Ahora retiñen sus palabras, y cuánta razón tenía. Ellos no están. (Se refería a los dos hombres que la cuidaban.) No están, pero están sus palabras.

"Busqué la copa en la repisa del cuarto de armas y me hice una pequeña cortadura. Dos gotas de sangre, dejé en la copa. Allí volví a ponerla y nunca más lo mencioné. Hoy regreso al cuarto de armas y la copa está intacta. La sangre seca brillaba."



-Cómo estás Lucía, preguntó el psicólogo.
Señor, yo no me llamo Lucía, me llamo Raida. Señorita Lucía, lleva aquí más de dos años diciendo lo mismo. Entiendo que el robo de sus obras, de sus bocetos y de su creatividad, le causó mucho dolor. Sé que uno tiende a bloquear ciertas emociones. Tengo fe en usted y sé que saldrá bien de este lugar. Le pido paciencia y espero que se mejore. Usted no se llama Raida, ni es hija de ningún rey. No tiene que prepararse para dar ningún discurso esta noche, el baile que dice que dejé perdiera, nunca se dio. Eso no existe, lo inventó.

-Lárgate, fuera, sal de mi cuarto. No quiero verte más. Tú me tienes aquí, secuestrada. Mi pueblo sabrá lo que hiciste y vendrá calamidad para ti, y para los tuyos. Sobre ti escribiré la venganza de mi padre y tus días estarán contados desde que cruces esa puerta.

(Llora)
Cleóyd debe estar preocupada. Aquí nadie me cree. ¿Dónde estoy? ¿Qué me hicieron? ¿Dónde está mi cetro? Yo no estoy loca.
¿De qué obras habla? ¿Por qué usa ese lenguaje tan bajo? Los de arriba no hablamos con esas faltas de refinamiento. ¿Qué ha pasado? Qué horrible el color de las paredes, el cuarto no tiene cortinas, qué triste es estar aquí. No pertenezco a este lugar. Allá todos me esperan.

(De una de las paredes sale un hombre alto, y le habla, con mirada de paz)

Hola: He venido a verte, somos más pero me tocó a mí decirte. No llores más, sécate la cara. Te vimos y tuvimos misericordia de ti. No puedo explicarte mucho. Comprendo cómo te sientes. Lo que dices es locura para los hombres y no deseamos que se burlen de ti. Eres alfarera y escultora, esa es la verdad. Tu amante robó tus ideas y produjo tus creaciones diciendo que eran suyas. Se llenó de avaricia y de algún extraño deseo de poder. Luego te dio la espalda y te trajo a este lugar. Tu talento no proviene de ti, proviene del misterio de las visiones que son tuyas y sólo tuyas. Todas ciertas, todas reales y perfectamente puras.
Un día, en tu hermoso estudio en París, vine a cambiarte la mente, porque dejando las cosas como estaban ibas a sufrir más de lo que podías aguantar. Tomé una de tus vasijas y la dejé caer en el suelo. Prometí que iba a romper tu vida y que la haría de otra manera, (ya que una vasija no puede ser de nuevo la misma vasija.) Te llamas Lucía, pero también eres esa que te dices llamar. Cuando rompí la vasija llegaron a ti las sensaciones y las imágenes de algo que sí pasó en otro tiempo y en otro lugar. No tengo permiso para hablar de los viajes, ni de los cambios. Ni siquiera El Grande quiso mencionarlo, ni le contó a los que escribían lo que mandaba Él.
El libro que lo dice está excluido de todo ojo. Sólo quiero que sepas algo: Nada de lo que hiciste fue en vano. La verdad siempre será la verdad. Ahora dime, decide tú. ¿Quieres enfrentar a tu amante y recobrar tus obras? Recalco que: Te daré todas las herramientas y la evidencia para que puedas defenderte. Pero por otro lado, está tu pueblo esperando tu segundo discurso en el que decidirás el porvenir de todo un reino vasto.
Para Él no existe el espacio que los hombres creen que existe, para Él un día es lo mismo que mil años. El tiempo que conoces, realmente no es tiempo. Lo que importa es que los negocios del Padre, se efectúen a como dé lugar. ¿Qué vas decidir, el trono o tus piezas en el museo? De todas maneras las dos cosas cambiarán a muchos. Pero una de las dos es mejor que la otra, y puede hacer más.

¿Y no puedo ser las dos cosas? -preguntó ella.

-Sí, eso quería que dijeras. Esa es la contestación correcta. Desde hoy escribiré tu nombre nuevo en el libro de la vida. Serás otra vasija. Serás hija de un rey donde quiera que vayas, pero usarás el arte de carnada.



Yia










No hay comentarios:

Publicar un comentario