martes, 11 de febrero de 2014

Pole Dance




Un grito, escuché el grito de auxilio que venía desde el cuarto.

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Acababa de bañarme y secaba mi cabello negro. Miraba en el espejo mi cuerpo desnudo. Era tal y como lo recordaba, sólo que ahora mis senos eran más voluptuosos. El mismo tono dorado en la piel y las caderas anchas. Estaba tonificada, delgada, muy delgada. No había notado que había bajado tanto de peso. Entre tantas horas de prácticas había olvidado el bien que le hacía el ejercicio a mi cuerpo. Ya había ganado dos títulos en Ucrania, uno en Hungría y el próximo evento sería en Estonia en La casa de la Varka Grosppa. Desde los tres años de edad, mi madre me había apartado del mundo. Mi vida era levantarme, estudiar y entrenar, sólo eso. Cuando crecí, el poco tiempo que me sobraba era para dedicárselo a mi novio. A él no le molestaba que pasáramos poco tiempo juntos, me apoyaba en todo. Lo de nosotros era más que amor, era reconocimiento de almas. Él sabía que lo que le ofrecía era poco tiempo, pero de calidad. Él me amaba mucho, tanto, que aceptaba mis decisiones sin oponerse. Sólo deseaba que yo fuera feliz.

No tenía vida social, no tenía más amigos que no fueran como yo. Las compañeras de las clases de gimnasia eran mi familia. Todos creían que sería la mejor gimnasta de mi país, seguramente lo soy. Pero yo quería robar las miradas. Así que fui la mejor en ejercicio de piso, barra de equilibrio, barra fija y barras asimétricas. Gané competencias locales, pero eso no era lo que quería. El sueño de mi madre era que compitiera en las Olimpiadas anteriores, y así lo hice, gané. Pero me sentía vacía, eso no me causaba placer, mi sueño no era ese. Mi sueño era más oscuro, placentero y torcido. El mío era ser la reina del Pole Dance. Sí, algo así como a lo que en Estados Unidos le dicen stripper, pero no, lo mío no es vulgar. Lo mío es dominar el tubo, hacer arte, y crear belleza con cada movimiento de mi cuerpo. Yo amo como me miran al perderme entre el metal y la música. Ellos no saben la fuerza que necesito para poder brindarles la mejor noche de sus vidas. Muchos piensan que lo que hago es malo, porque son ignorantes. Yo entreno como una atleta. Lo que hago es puro entretenimiento, pura adrenalina. Yo quise cambiar el modo de pensar de las personas acerca de mi oficio. Sólo soy una bailarina que ama sentirse deseada por su público. Entonces, creé una academia en donde enseño a mujeres de todas las edades a dominar el tubo. Inventé un espectáculo distinto, algo tipo Las Vegas, un goce artístico digno del mejor de los teatros o de el más lujoso de los circos.

Había terminado de secar mi cabello con el secador de mano, y me había puesto mi pijama de Hello Kitty. A la vez que acomodaba el secador en una de las gavetas, escuché un grito que venía desde el cuarto de mi compañera de baile, Ivy.
Salí corriendo hacia el pasillo y llegué hasta su puerta, pregunté que si pasaba algo. Traté de empujar la puerta pero no abría. Ivy no contestaba. Entonces empecé a dar golpes fuertes en la puerta, y gritaba que me ayudaran a abrirla. Nadie contestaba. Pensé rápido y decidí llamarla, a ver si contestaba su celular, pero contestó mi novio.

Le dije, ¿por qué contestas tú? ¿Qué haces con ese teléfono? (Casi me muero de celos, de rabia, de no sé qué demonios pensaba.) Todo lo pensé tan rápido que ni cuenta me di que todas las de la academia estaban detrás de mí con un hermoso pastel lleno de velas blancas. Mi amor traía el pastel en sus manos, y una gran sonrisa.

Yo estaba tan ocupada haciendo mi trabajo que había olvidado mi cumpleaños. (Cantaban Feliz Cumpleaños al unísono.)
Cuando soplé las velas y pedí un deseo, vi a mi madre llegar con un bouquet de rosas rojas. Nos fundimos en un abrazo.

Mi madre no me hablaba desde que supo que no seguí sus pasos.
- Perdóname mamá, le dije.
- Hija, siempre he estado orgullosa de ti. Yo estuve mal, Anastassia, sentí envidia de mi propia hija.









Yia.

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