lunes, 27 de enero de 2014

LA PLAYA




Le había prometido a Roger que iría a la playa. Pero cambié de opinión. Yo no tenía ganas de volver a ese lugar. No quería recordar. La playa no era la misma desde que Lucas murió. Una mañana salió con su tabla de surf y todo lo que sé es que fue encontrado en la orilla sin vida. Esa playa tenía todo mi pasado escrito. Me sentía invencible cuando nadaba sin parar. Muchas veces me sentí ser parte de ella. Desde niña había jugado a ser una sirena. Pensaba que el mar y yo éramos inseparables. La playa ahora, significaba: muerte.

Roger había insistido mucho, sé que lo hacía para que volviera a ver a la playa de otra manera. Lo hacía para animarme. Ya había pasado bastante tiempo desde el suceso, así que pensé que era estúpido pensar en tantas tonterías.

La vida sigue, Nina, no pienses en lo que pasó. Quiero poner en tu mente nuevos recuerdos. La vida sigue y mi vida eres tú. No importa el sitio, sólo es la playa de siempre, la persona es el lugar. Será grandioso. - Me dijo.

Nunca me habían dicho algo tan bonito. Entonces le dije que sí. Beberíamos algo de un vino raro que encontré en casa de mi tía. Recogeríamos caracoles. Escribiríamos juntos. Completaríamos la escena que habíamos dejado sin terminar. Tomaríamos fotos en la vieja cámara de su padre. La detesto pero él insiste en llevar esa reliquia. - Lo que importa es que funciona. Eso siempre dice. Haríamos todo eso y quizá, si no había gente, nadaríamos desnudos.

Mientras manejaba me hablaba de muchos temas, luego puso un CD que me sabía de rabo a cabo, así que casi todo el camino canté. Él cantaba también, hacía lo que fuera por verme animada. Miraba el camino, pero habían momentos en los que sentía que me miraba. Yo trataba de disimular las ganas de reír. Me sentía bien.

Al llegar, dejamos todo en la camioneta. Sólo colgó en su cuello la cámara y tomó mi mano. No puedo explicar lo que sentía, la mezcla de sentimientos era infinita. La playa seguía igual de hermosa. Lucía el mismo collar de espuma. El mismo sol radiante. La misma arena blanca. Roger no me dejaba pensar en nada, hablaba constantemente. Me hacía reír con sus ocurrencias. Me sacaba todo tipo de fotos, esas en las que no posas y quedan geniales o quedan horribles de por vida. Creo que habían más de las geniales.

Ya basta de fotos mías, mejor capta el paisaje, le dije. El paisaje eres tú, Nina. - contestó.
Cállate Roger, no seas chistoso, no soy tan fabulosa. -le dije.

Él seguía hablando de mí. Decía que no había conocido a una chica tan segura de sí misma y que nada iba cambiar la imagen perfecta que tenía de mi persona. Eso decía cuando le quité la cámara y comencé a retratarlo a él, para que sintiera lo que yo sentía. Jugué con la cámara y la examiné por un rato. Me gustó jugar con el dinosaurio cuadrado que supuestamente sacaba fotos. Me la puse a la altura de mi ojo y, a través de la lente, miraba a Roger. Hablando. Hablaba sobre el guion que íbamos a retomar. Es decir, tenía la cámara en mi ojo derecho, el izquierdo cerrado y Roger seguía hablando sin importarle que yo lo miraba así. Era algo extraño. Para ser el escritor callado, que él decía ser, me parecía sumamente parlanchín. Creo que es más seguro de sí mismo que lo que piensa. Yo estaba viendo el mejor de los espectáculos, a Roger Rodríguez viéndome vivir.

Nos bebimos todo el vino. Terminamos la escena. Recogimos caracoles y rocas pequeñas. Hablamos de todo. Nadamos hasta llegar a la Glorieta. Llegamos a la orilla y yo me sentía libre de todo mal recuerdo.

Es tarde, debemos irnos, van picarnos los mosquitos, le dije al tiempo que me ponía de pie y comenzaba a caminar. Él se quedó atrás, dijo que quería captar el naranja del cielo de aquella hora. Yo me adelanté pero él corrió para alcanzarme y caminó junto a mí sin decir nada.

Cuando llegamos a mi apartamento, se despidió con un beso largo, y un hasta mañana. Le dije quédate, y dijo sí con un movimiento de cabeza. Nos bañamos, cenamos algo y quiso cerrar el día con una última foto. Pero se acabó el rollo.




Yia






























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