martes, 12 de febrero de 2013

Nadie




Nadie nos recordará, ni siquiera nuestros nombres. Se los habrá llevado el viento.
Se perderán para siempre. Olvidarán que escribíamos como si respiráramos.
No recordarán nuestros suspiros. Ni las tres letras, ni las que calla el abecedario.
Morirán héroes, morderán el polvo las ciudades. Se llenará la vida de gente y más gente.
Ya no sabrán quienes éramos, quienes somos, quienes seremos, habrá tanto que aprender de nosotros y aún así lo olvidarán. Nadie habrá de recordar que sonreíamos, porque sí, que nos parecía perfecto caminar de la mano. No sabrán que me susurrabas al oído.
Nunca sospecharán cómo acariciabas mi mirada con poemas, con anécdotas de tu pueblo, del trabajo, del silencio. Nadie podrá saber que tu nombre era hermoso para mis ojos, para mi lengua y mis oídos...
 Ya no nos verán bajo la lluvia cantando, ni escucharan el trino de los pájaros que sabían de nosotros, los enamorados. Nadie nos recordará, seremos un poemario cerrado, porque la tecnología no dejará espacio para la poesía, la gente se amará por un botón que dirá me gusta o no, se insertaran en el alma un chip, sin corazoncitos y sin versos. Nos perderemos como la ceniza, seremos historia pasada, volaremos en la brisa. Un día nuestros nombres serán borrados, a nadie le importará que nos amamos a rabiar, aún así, para nosotros seguirá siendo hermoso. Seguiremos juntos, haciéndonos eternos, en la tierra de nadie.









YIA















viernes, 8 de febrero de 2013

El enigma



Cerrar fuertemente los ojos era la única manera de alejar el miedo, en cualquier momento volverían aquellas imágenes. Pasaban por la puerta, se sentaban en el medio del cuarto, se ponían enfrente de ella. Eran tres, parecía que la amaban, la sentían suya. A lo lejos escuchaba sus piecitos correr, sus risas frecuentes la despertaban. Eran tres y podía distinguir el uno del otro. Podía reconocer sus caritas en cualquier lugar. Estaban por todos lados, en cualquier momento aparecían. Venían una y otra vez sin ser llamados, sin buscarlos, siempre volvían a quitarle la calma. Era muy pequeña, no entendía. No sabía por qué los demás no veían lo que ella veía. No había pedido esto; esa sensación, esas visiones, ese sentimiento de sentirse diferente, confusa, llena de preguntas, misterios y sinrazones...
Sentía temor cuando esto sucedía, pues no entendía lo que estaba pasando, mientras más lo evitaba, más se repetía. Cuando ya no los veía, se metían en sus sueños. Podía oír sus voces, percibía la presencia de tres niños. Escuchaba frases cortas, otras más largas, balbuceos, risas, cada cosa que escuchaba era distinta. Con el tiempo se fue acostumbrando, tanto así, que los sentía cerca, percibía el frío o el calor que emanaban. Ya no temía. Sentía la energía de sus manitas cuando tiernamente la tocaban. No querían asustarla. Si ellos la sentían triste, halaban su ropa, buscaban su atención de cualquier manera; hacían lo que fuera, por volver a verla sonreír. Si ella estaba durmiendo la levantaban, querían que abandonara la cama, para que compartiera con ellos, le decían: vamos a jugar. Noche tras noche sucedía lo mismo, la conocían, la llamaban por su nombre.
Los años pasaron y su mente aún buscaba una explicación, un razonamiento lógico para entender lo que pasaba, pero no había contestación. Un día, encontró unos papeles en casa de su madre, era como un expediente médico viejo. Tenía el nombre de su mamá. Continuó leyendo. Uno de los papeles decía que su madre había tenido tres embarazos, los cuales habían resultado en abortos espontáneos, estos habían sido de tres varones... uno detrás del otro. Sucedió antes de que naciera ella. Al leer esto, se dejó caer en el suelo y por largas horas, lloró. Nunca entendió, nunca hubo explicación, después de ese día, nunca más los vio.



Yia






martes, 5 de febrero de 2013

MI OTRA YO





Era ella mi otra yo, en mi yo que cimbrea,
en la arista de un pensamiento que resuena.
Solía mirarla para encontrar lo que quería decir,
emulaba sus piruetas a secas.
Me fui de ella como quien sale mí,
en confusión que se replantea.
En paradigma que se diluye,
mientras huye de sus retóricas repletas.
La miraba en diva pose, en Mona Lisa paz,
en desnudez temporera,
en clarividencia de anatema,
en persecución pasajera.
Y de sus ojos nació un mar de acuarelas,
de los míos un óleo se entremezclaba,
haciendo longitudinales marcas de pena.
Era ella mi otra yo, una de tantas yo
que me miran de afuera.
Sólo esa se escapó,
entre la muchedumbre de la espera,
entre la timidez que me hace falta,
en la tipología de niña buena.
Pienso que a veces extraño
su hidalguía mercenaria, su chispa particular,
su elegancia transparente,
su desfachatez mental, su risa consecuente.
La miré Marilyn con su Monroe en la frente,
con su no me importa lo que digan,
"yo sé quién soy, así que déjame"
La miré y sentí vergüenza, le dije:
Dale entra,
me miró y dijo: ¿Estás loca?
ha comenzado la fiesta...
Era ella mi otra yo,
de todas mis yo, la más terca.


Yia










El Mayor Riesgo- Sincera






En la senda oscura que turba la lejanía, en los pies cojos de la conciencia, hay rodillas que sangran por no ser del piso que ignora su sapiencia. Los crepúsculos perdidos en superfluos acantilados vertidos, lloran afianzados en hastíos vivos. Las lisonjas derrochadas en el verde que se seca, tienen ojos que tiemblan ante la impronta frase que deja vestigios. Los paseos largos de lunas menguantes recaen en los ancestros labios que nos persiguen. La mísera veta del gris nauseabundo que persuade, va calumniando a la levedad infame que nos adula falsamente sin respiro. Ya quedé plasmada en la brecha y sus filosos dientes mordieron mis alas, mas no mi destino. Crecen cardos cortantes en las paredes del suplicio, y el enjambre de abejas se cansó de sus propios zumbidos. Creo que el grueso de la arboleda se volvió finito.

Dubitativamente, el trabalenguas de la nada será repetido. En mi cabeza resuena la melodía pendenciera que se exuda sin previo aviso, desearía sentir en qué momento secreta a manera de cerumen lo que pasa en mi lóbulo perdido. No soy víctima de la piedra en mi zapato, ni de las fraudulentas tretas indescifrables que se cruzaron por mi camino. No eres sólo un nombre que se dice o se mantiene en la punta de la lengua, eres todo lo que gira de forma indefinida entre lamentaciones etéreas que como látigo me flagelan. No quería mencionarte para no dañar lo que representas, me es inevitable volver una y otra vez a la misma calle, a la misma acera, al mismo andén por donde pasé cada vez que necesitaba que curaras mis alas, cada vez que tus ojos me abrían las puertas. Esto es lo soy, vengo llena de defectos, ironías, borradores y letras, aquí no hay artificios, dejé todo en el camino, de mí nada queda.


Yia






fotografía de Roger Dyckmans




De mi hoy a tu hoy






Hoy estoy aquí, enfrente del monitor y mis ojos están cansados.

Estoy tomando cartas en el asunto, perdiendo el tiempo entre nubes de epopeyas que se suspenden en el silencio. Viendo como el claroscuro finje ser un tono borroso en el cielo, y, saben qué? yo lo busco, con tal de no resistirme a la cercanía de estar lejos.  No sé que podrá calmarme en esta mañana, no encuentro razones para sentirme desconcertada. Apenas discuto con el pensamiento, lo dejo que baile, que se manifieste, acaricio aquello y lo otro que no puedo cambiar, le doy tiempo a la dicha para que se de un paseo. Me siento a dibujar anécdotas simples y sin importancia.   

Qué importa si queda poco? Claramente, no hay nada seguro.

Espero tener nostalgia de lo bello, espero tener amor en las manos, para cuando tenga que tenderlas, para cuando a alguien le falte una palabra que le salve del naufragio. Porque no creo en la letra muerta, no creo en eso que dicen los que dicen ser sabios. Pero no vine a hablar de las preferencias entre los lectores y lo relativo en cuanto a gustos literarios. Como les iba diciendo, las ideas no se pierden si las clareas con todo lo que es fiel y es tuyo, por eso hoy, que tengo un nudo que no me deja tragar, debo dejar algo por escrito. Quizás, algún día, lejano, cuando ya no esté, alguien me extrañe y quiera sentir como mis dedos tecleaban sin alardes, sin pretender ser importante.

(Bueno, como no sé cuando sea tu hoy, o en que momento me estés leyendo...)

Si me estás leyendo ahora en mi hoy, quiero darte las gracias por estar. Debo decirte que hoy te invitaría una caminata por el parque o a un café cercano, sí algo así, tranquilo. Aunque, no quisiera que me recordaras con la mirada cilíndrica que me persigue en este día, pero la intensión vale. Por otro lado viéndolo todo como visión futura, te daría un abrazo para que lo guardaras en tu colección de inolvidables abrazos. Te diría que si existe la octava maravilla, esa tú serías para mí por haberme acompañado en el día que lo necesité. Quisiera decirte que si hubieras aceptado ir, habría sido hermoso compartir el silencio que me trajo hasta aquí, desde mi hoy a tu hoy.

Gracias.

Yia

























Nueva-mente







Aquí estoy, nuevamente...
Renovada del marasmo asesino de virtudes.
Ceñida de un millón de mermas y espesores.
Alucinada por la vida, recontado pleitos,
exorbitancias, minuciosidades,
concomitancias, estertores...
Después de tantos gritos en el valle de la sombra,
después de tanto hálito perdido.
Aquí estoy, cual pieza completa,
despojada de aquel día, avasallada por la afrenta,
sometida a un régimen de olvidos.
Estoy entre la niebla,
en comisuras de bocas
que amonestan lo no permitido.
Viajera del aire distraído,
forastera de mis largas piernas,
emergida de la nada, aurora de un resquicio.
Aprendí, aprendí que soy y que no soy,
aprendí que sangra el camino.
He conocido la cerradura y la puerta,
ha dolido el silencio de las arpas,
y pese a todo, con esto he vivido.
Noté que aunque sean imperceptibles mis alas,
puedo volar en cielos que no han sido descritos.


Yia