sábado, 28 de diciembre de 2013



¡Todas esas páginas son tuyas, para que las llenes! Así me decía:


Dimitri.

Ya no estás, Dimitri. No sé donde estás, amigo, perdí tu pista. Pero para mí existes en la música. No sabes todo lo que me enseñaste. Yo lo aproveché al máximo. Todo lo que sé sobre notas, toda la belleza que vuela en esas piezas, todo lo que aprendí de esos eruditos, fue por ti. Te admiraba mucho. Creo que lo dije varias veces, entre el Madame Butterfly de Puccini o en medio de El Pájaro de Fuego de Stravinski. Aún recuerdo tu pose de gruñón, (que simplemente era una coraza). Recuerdo tus gustos en blanco y negro, también sé que no sólo eran colores. Sé de tu buen corazón y de tus modales intachables. Sé que de tus manos emanaba el arte, a veces pienso que de tus huellas crecía madera... artesano de luz con mirar de atajos, otoño con hojas de ocre vestido con nombre de hombre. Amante de los pobres, conciencia redundante. Pero sobre todo, hombre. No podría hablar de ti sin contar algo sobre tus pequeñas perversiones. No podría describirte sin decir que jamás harías daño con alguna de ellas. Debo mencionar las medias con costura que admirabas en las damas y los muchos fetiches que según tú eran sanos para tu alma. Lo tengo que mencionar porque sin eso no serías tú. No diré mucho de esos temas, ni de tu colección fotos antiguas, no te preocupes. La verdad es que pienso que realmente eran sanos, aplaudes el recato y eres muy conservador. Hoy te recuerdo y me da alegría. Recuerdo escucharte discutir con las noticias horrendas del país que tanto amas. Nadie más prestaba atención, pero yo sí escuchaba, y estoy segura de que tenías todas las soluciones en la boca. Qué sabio eres, qué buen maestro tuve.

Ya no estás, pero en alguna parte sé que aún me recuerdas. Creo que fui la horma de tu zapato, tu talón de Aquiles (y eso me da mucha risa). No sé de tu salud, no sé si aún Friedrich Händel suena en tu oído para calmarte, de seguro Las Cuatro Estaciones de Vivaldi aún lo hacen. No dudo que sueñes El Lago de los Cisnes, no dudo que algún tutú rosa te haga recordar que las flores pueden danzar de manera extraordinaria. No sé si fui buena estudiante, o si te abrumé contándote mis sueños extraños... (no, no creo, yo estoy segura de que te agradaba saber qué pasaba por mi mente) Como aquel sueño que tuve de la época de los campos de concentración. Era yo con mi cara llorosa y sucia. Tenía unos seis años en el sueño. ¿Recuerdas?, te conté que había un niño en la camita de al lado y que me prestó su abrigo porque yo lloraba de frío. Yo quería ver a mi mamá y ese niño era el único que sentía mi voz en medio de tantos otros menores como yo. El único que volteó su cara para escucharme fue aquel niño de ojos tristes. Ese niño que era unos años mayor que yo, me cuidó por mucho tiempo. Él siempre estuvo pendiente de que comiera y de que no llorara tanto. Yo podía sentir olores, sabores, y podía leer las inscripciones de los alrededores cuando nos metían como salchichas en un vagón para movernos de un lugar a otro. El niño nunca me dejó sola, incluso trató de juntarme con mis otros hermanitos. Cosa que nunca pudo lograr porque, dijeron que los habían matado a todos. Yo no tenía a nadie... en medio de tantas caras, él fue mi única familia. En el sueño pasaron muchas cosas. Pero él (ese niño) siempre estuvo para consolarme. Él se llamaba igual que tú, por eso corrí a contarte. A mí sólo me bastó que me escucharas.

 Donde quiera que estés, maestro: Quiero que sepas que dejaré por escrito, que eres y fuiste importante en mi crecimiento (y ya sabes de qué crecimiento hablo, porque sólo personas nobles como tú pueden saberlo). Recuerdo que me decías que nunca dejara de escribir. Espero que estés orgulloso. Espero que sigas tallando hermosas obras de madera y que hayas terminado el baúl para tu nieta. Ojalá le hagas una cajita de música con una bailarina de ballet, a mí me hubiese encantado que un artista como tú me hiciera una. De seguro vas a sacarle una sonrisa con eso. Aunque nada material puede reemplazar todo lo hermoso que tu alma puede brindarle. Estoy segura de que te admira mucho. Si la vida hace que te tropieces con este simple homenaje, lo agradeceré, pero si nunca lo lees... está bien. A mí me hizo bien eternizarte. Te quiere, Yia.



(A modo de extraña posdata quiero decirte que ya sé lo que significaba el sueño. El tiempo y el espacio me mostraron, a quien representa -ahora- a ese niño, y debo decirte que me cuida con la misma ternura)










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