lunes, 23 de diciembre de 2013

Llega la célula (del latín cellula, cella, ‘hueco’ poema.

Flotando quedo entre verbos, suspendida en un centro que es tuyo. Sin querer toco una esquina y llego al clímax del misterio. Inducida por tu voz que desprendida de todos los noviembres muertos me rehace en un poema tres punto catorce (continuamente bello). Allí reposan mis noches a solas porque de otra manera no entrarían tus labios de augurio. Se abre la parte que suavicé con mi estigma y caigo en otra parte que me ofrece el pan de las millas, ese cuenta gotas que no desmerece con los días. Entro por una puerta llena de música. Encima de una mesa de estambre flor corola hay un vaso que contiene un líquido que bebo sin importar a qué sabe su destino. Si es veneno, vodka o vinagre, no lo sé, no le pregunté a la boca calle que caminé a punta de letras. No sé que hora es, tampoco sé si la escasez de lluvia insinúa el día en el medio de una noche sin luna. Tampoco sé si las imágenes rotas del desgano cuentan la fachada nula que abre la proximidad de otra célula. Como no recuerdo otra cosa que tu nombre claroscuro transmutando yuntas de palabras aterciopeladas que conquistan, pues: Decido hacerle un homenaje a tus manos disfrazadas del viento que vuela mi falda. Como si de ese instante dependieran todos los hologramas y la mayéutica. Estaba equivocaba, comenzó a llover y la membrana próxima se hacía turgente, lista para cumplir su función extrañamente cíclica. Camino dos pasos adelante y un tacón se me rompe en llanto al saber que no caminará cerca del suelo esta noche. Llego a casa a la misma vez que el ring del teléfono. Tu voz me dice cosas que comprendo como si de tacto se hicieran las ondas. Con el teléfono en la oreja, enciendo el ordenador aun sin notar que el tiempo no existe cuando la arena del reloj no quiere bajar de manera exacta. Allí se encienden mis letras e iluminan mi habitación, te leo las primeras dos líneas y me callo. Del otro lado de mi oreja te escucho en silencio como si me escucharas detrás de la puerta. El timbre suena, dejo caer el teléfono y corro a ver de qué color es el amor de todos tus poemas.












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