miércoles, 11 de diciembre de 2013

300




En las bases del infortunio. Sabiendo que enfrente de todo esto estaban las dudas.
 Me dispuse a juntar a los mejores. Para escogerlos vi sus cabezas y la forma en la que tomaban agua. Si alguno decía la quiero fría, estaba eliminado.Si alguno decía que sí a mantenerse de pie en medio del desierto, ese servía. Si alguno podía sostener la vista a los montes, ese sí, ese tenía fortaleza. Eran muchos y sus lenguas, decían y decían. 
Pero yo sólo quería 300, sólo esos. No eran altos, no eran fuertes, eran los que yo quería y punto. Después de las once, los llevé a las puertas de la Torre y allí sembraron la reprimenda. Escribieron los pasos a seguir y marcaron el área. Los enemigos eran muchos, quizás nos triplicaban en número. Eran más que eso, eran muchos. Nos tenían rodeados. Eran 135 mil para ser exactos.

Tomeos, Restro, Normen, Frague, Dou, Caster, Mohigue, Turme, líderes y al mando. Estaban dispuestos a recibir mis órdenes. Yo, Yocasta, mujer de las cartas. Hija del Rey Justino, el que nadie sabía que era mudo. Estaba dispuesta a acabar con los adversarios uno por uno. ¿Cómo lo hice? ¿Cómo hice para que el pueblo no supiera que mi padre no hablaba?
A la hora en la que yo tomaba el baño, él escribía recados en la pared de mi aposento. Luego yo transcribía lo que me dejaba dicho. Al otro día la pared lucía pintura fresca. 

Todo parecía un rito. Todo estaba predicho. ¿Cómo hice para mandar a hombres? 
Me uní a uno de ellos en mente, alma y cuerpo. (Confesión que ahora les hago, nadie sabía) Creían que era una doncella. Me convertí en otra, en otra, y en otra, pero volví a ser la misma. Aprendí a tomar la espada, a correr en los paseos esteparios y comía legumbres para estar más sana. Me gané el respeto de todos, además como hija del rey, tenía privilegios. Más que su hija, era portavoz de sus preceptos.

La batalla había llegado, y yo, como era de esperarse estaba preparada. Hice que formaran líneas y les di las mejores armas: Una trompeta y un cántaro de vidrio con una mecha ardiendo (adentro). Los enemigos miraban desde lejos y se burlaban. Yo los miraba con el rostro pasivo. Mis trescientos no se movían, sabían que tenían todo para ganar. Ya tenían fuerza en la mente, había paralizado sus pensamientos. Ellos sólo tenían una frase persistente: Por amor, por mi pueblo. Eso era lo único que decían. Era repetitivo como un mantra poderoso que los hacía invictos.

Estábamos en fila, distantes, pero enfrente de ellos. Nadie comenzaba. Así que dije: Ataquen. Los míos comenzaron a tocar las trompetas y el ruido ensordecedor se apoderaba de todo. El sonido era tanto que los cántaros se rompieron, el brillo de las mechas ardiendo era tan fuerte que encegueció a los adversarios. Ellos se abrumaron. Parecían confundidos. Algunos caían postrados de rodillas, como pidiendo clemencia. Otros se cortaban entre ellos mismos. Del otro lado todo era un desastre. Se mataban unos a otros.

Mis trompetas seguían sonando y tuve lástima de lo que pasaba del otro lado. Dije basta,

 y Tomeos alzó su mano haciendo la señal de que soltaran las armas. Turme besó la insignia, y... Dou, Frague y Caster planearon la retirada. Mohigue, Norme y Restro decidieron quedarse conmigo. Queríamos caminar hacia los cuerpos que quedaron en el suelo. Ciento treinta y cinco mil cuerpos en el piso. Todos habían muerto.

La noche siguiente tuve un sueño. Cuando desperté, noté que en la pared había algo escrito en letra dorada. Decía así: Cuando se levanten contra ti, no necesitarás 300.
 
Tus adversarios no serán correspondidos, ellos caerán de sus propios pies,
 se odiarán a sí mismos. Aunque contra ti se levante un ejército, tu luz será mi voz de trueno.



( luego de leer: http://youtu.be/r_8ydghbGSg)

Yia




























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