jueves, 3 de octubre de 2013

El himno




Desde que en las penumbras me confinaron al himno de las sombras, cántico augusto del desenfreno. Certeza desnuda, fin funesto de gran envergadura. Desde que me obsequiaron aquel latir cansado, herencia de mi madre, la gran estatua de pequeña cintura. Desde ese día, no tengo ganas de decir nada con mi propio acento de locura. No tiemblo ni vacilo, no me muevo de gloria en gloria. Hoy soy una granada latiendo pólvora. La pesadilla rota en el mejor momento. Una alegoría que trastoca, una camándula indefensa que se paraliza cuando funciona. Hoy soy el altar sucesivo de unos ojos negros. Si vieran esos ojos. Si vieran como cambia su cuerpo en el cantar que roba las almas. Si vieran como se vuelve de pigmeo a soldado alto, de granuja a monje, de noble a insano. Si vieran su habilidad con las espadas, si tan sólo pudieran ver como degrada los isótopos con las ecuaciones más extrañas. Un día le regalé la explicación del ciclo de Krebs y él, como muestra de agradecimiento, pintó un glomérulo renal en nuestra pared, obra de arte, digna de Monet. Al ver esto, salté. Quién podía entender lo que él veía en el hipocampo del lóbulo temporal de mi hiper excentricidad. Quién poseía los dotes de la física, de la cuántica y los secretos desechos de la alquimia.

En las tardes prende su gramófono, revisa su lista, yo sólo le digo que desenrolle la lengua de la monarca y él me la trae enseguida. Dice que esa mariposa es amarga para los depredadores, pero para mis ojos es más que ofrenda merecida. Él dice que en mí ve la conquista. Estuvo en Constantinopla ahora la Estambul adolorida. Me cuenta que como yo, allí hay una estatua que traduce las ironías. Yo veo en él a un gigante hendido por el esternón, cuidador del centro que parece un tambor de Angola. Él me mira y ve palíndromos que se retuercen en mis ojos. Sabe si mi mente está ocupada, sabe cuando debe dejarme sola. Al regresar musita mi nombre y al pronunciarlo crecen orquídeas venenosas. Él sabe que no soy una santa, pero conmigo se siente como esas personas que ven a la virgen en las paredes húmedas. Helena estuvo en el rito que confinó mi nombre al etéreo crepúsculo, la Venus quemó las hojas que contenían el regreso de mi triunfo. Cleopatra me dio a tomar tres gotas de agua del Nilo. El rapto fue inoportuno. Lo que no saben es que no me falta bien ni alimento puro. Se equivocaron conmigo. No me atormentaron. Convertí mi apariencia dura en un límpido cuerpo que camina en el himno que no ha sido escuchado por oído alguno.







Yia

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