martes, 17 de septiembre de 2013

Te escucho







No sé por qué tus ojos insisten, te expliqué que todo se va consumiendo. Sólo tú sabes que no estoy dormida. Eres el único que puede desamarrar el intento. No es letargo ni esquina difusa, es pléyades en medio del piélago que conoces. Me bastaba con verte cortando las olas, era suficiente con respirar el mismo aire. Ayer me versabas, mientras en mi lecho bailaban las cruces buscando su norte. Dijiste: tu esencia está encantada, lo escuché y ni cuenta te diste. Juraste amarme -a gritos fuertes- tus pies sacudían un polvo inexistente. No podía interrumpir tu promesa al viento, no quería decirte que no puedo traspasarme. Por qué me amas así, por qué mejor no sigues adelante. Mira que no estoy dormida, no tengo el hálito que tenía cuando ibas a visitarme. No llores más, no me llores.

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Pasadas los ocho de la mañana, ibas camino a mi casa. Yo vivía en lo que antes había sido un orfanato, lo sé por las muchas camas. El lugar era alto, dos pisos, todo blanco. Creo que yo cuidaba el sitio, mantenía todo organizado. Allí no había nadie más. Todos se habían marchado, nadie dejó su rastro. En el pueblo decían que mi madre había sido una monja y que yo era hija del pecado. Tú nunca preguntaste, te disponías a mostrarme lo infinito. Decías lo justo, lo necesario. Tocaste la puerta, te esperaba siempre con el vestido que te gustaba tanto, lo que no sabes es que ese era el único que tenía. Pero eso no interesaba, a mí me importaba que estuviera limpio.
Tú, traías tus libros. Juntábamos dos camas para crear un sofá. Tomábamos asiento entre la fiesta de cojines blancos. Leías para mí en voz alta, traducías textos extraños. Cuando llegaba el momento de la poesía, cambiaba tu rostro. Deseabas que entendiera que para ti era sagrado. Nunca te dije que lo entendía. Hay tantas cosas que no te dije.

Me enseñaste a amar lo simple. A veces mirábamos el mar desde el balcón, era hermoso ver su espectáculo. Siempre pensaste que valía la pena regalarme una educación. Creías que yo era un ángel y, yo estaba lejos de esa imagen. Las horas fueron testigos mudos de la inocencia, no entendía por qué me amabas tanto.

La mujer que vivía en el apartamento cercano, se enfurecía cuando te veía llegar. Murmuraba que tenías historias, decía que poseía secretos tuyos. Yo no le agradaba, ella daba voces ruidosas, gritaba conjuros, enredaba una lengua parda en un tallo que usaba de vara. Nunca la mirabas, la mujer se enfurecía aún más. Lanzaba cubetas de agua por su balcón, mientras su voz honraba a las tinieblas. Sólo tocabas a mi puerta y yo te abría, lo que pasaba afuera no era de importancia. Un día decidiste decirme algo de la señora, recuerdo que sonreíste al mismo tiempo que dijiste: su magia no puede tocarte. A eso contesté: yo lo sé.

Ahora todo está perdido, no puedo decirte que agradezco todo lo que hiciste. Pensé que el silencio lo decía todo. Creí que mi piel te explicaba los misterios. Junto a ti conocí la ternura de los besos nuevos, amé mi desnudez porque para ti era el cosmos. Me enseñaste que puedes ser manso ante mis ojos. Me diste el poder hacerte vulnerable. Dejaste que yo mandara a las nubes, permitiste que llamara a la lluvia en medio de la noche. Me mostraste cómo entrar en las terminaciones de los nervios con la sinapsis. Fui la aprendiz del discernimiento que tatuaste. Ahora comprendo que tú sabías quién era mi padre, no querías que nada manchara mi nombre. Me aprehendiste a ti como nadie. No sentías lástima por mí, me diste la llave que abre la puerta grande.

Mira... que no estoy dormida, por favor, no intentes despertarme. Despídete como siempre, dame un beso en la frente y vuelve mañana a las ocho. Estoy en coma, quizás despierte.







Yia




























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