martes, 30 de julio de 2013

Cuarto Menguante



Entre sus hombros el centro lleva un óvalo que piensa,
en la extraña circunferencia de una onda que gira de vicio.

Bajo la sombra de la tarde los brazos se desnudan en segundos
van cargando pájaros blancos que lloran el beso prohibido.
Suda la lluvia, el sonido se vuelve finito.
Cae el minuto pervertido que huele a peligro,
aún el sigilo se mueve lento, se afila los ojos cínicos.
Aquí en el vértice abajo el pálpito de vida se eleva en picos.

Pero aquí en mi cuarto menguante,
no ha pasado nada que no quieras que pase inadvertido.
Cae el minuto y el tiempo me eleva a lo oscuro...
al rocío de un sudor bendito.

Sutura una estrella, y tu piel quema en medio de la noche
yo percibo aves distantes que desquician al más tímido.
Llegan tus falanges, llenos de mis dulces espasmos
extraña vibración que surca en entierros no tan salados,
sinfónicamente incoloros, armoniosamente, precisos.
La madruga se colma de todos tus sentidos,
de nuestro abrir y cerrar de las alas en lenguaje vívido.
Abajo arden mares y en el magma gritan apellidos,
tú me das en sacrificio vivo, yo me ofrezco a tu luz
brillante,
a tu prolongación de momentos que se visten
de pequeños mordiscos.
Aquí en mi cuarto menguante, no ha pasado nada,
tu ingravidez ocupa el espacio amplio
que no le teme al llamado natural de dos cuerpos,
-perdidos-, en un pacto divino.










Yia





















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