martes, 2 de julio de 2013

Arimatea



Un nombre, un lugar que no he visto, y sé que puedo ver si quiero. Arimatea. Una fecha que sitúo, me permito ir a ella. Cuánta gente habita allí, hago el aproximado, calculo distancias, perímetros aledaños, pongo los márgenes. Gra
bo las palabras, trazo las partes de las mezquitas, hago los planos, las viviendas son de tal y cual manera, las construyo. Miro por la ventana de la casa que me puse fuera de mi cuerpo. Es blanca, blaquísima, tiene un soporte de madera que recogí de un lugar cercano. Recuerdo el lugar en donde vi el pedazo de madera, intenté recogerlo sola pero estaba muy pesado. Alguien pasaba y le pedí ayuda, quería quedarme con aquel pedazo. El señor que me ayudó me dijo que era terca que eso no era trabajo de mujeres, y me insinuó que no debería andar por aquellos parajes. Yo vestía eso que llega hasta después de las rodillas, dejé mi cabello largo larguísimo suelto, tampoco era bueno eso. El señor miró mi cabello por largo rato, qué estaría pensando. ¿Haram? No sé, puede ser que pensara que estaba loca. El caso es que llegamos a mi casa, le di las gracias y se marchó. En este lugar todos tienen algo que hacer, yo como soy mujer debo cocinar, mis padres piensan que soy asombrosa. No creo que lo sea pero trato. Ya tengo edad suficiente para hacer otras tareas que no sean esas tontas tareas que me mandan a hacer. Estoy harta, creo que puedo dar más. Hace más de una semana que no uso el velo. Me pinté los ojos. Saldré a sentarme cerca del pozo. Es aburrido ver como llega gente de otros lugares más altos, pienso que no huelen bien. Pero iré. Aquí estoy. De casualidad vuelvo a ver al señor que me ayudó con el pedazo de madera aquel, le hice señas y lo saludé efusivamente. Eso no debe hacerse, pero no me importa, él me cae bien. Aproveché el momento para darle las gracias, nuevamente. No había podido dejar de pensar en él, de él se desprendía algo bueno, algo misterioso, algo diferente, algo que me hacía respirar paz. Estar enfrente de él era algo sorprendente. Sus ojos se clavaban en tu corazón para siempre. Con él venían otros hombres, cantaban algo que yo no sabía. Cerca del pozo había otra mujer que cargaba agua hasta su casa todos los días. Creo que él venía a su encuentro. Todo lo observé. Uno de los hombres que venía con él tramaba estafarlo, cómo lo supe, no sé. Otro lo amaba con la mirada, pude ver como lo admiraba, lo quería como a un hermano. Otro tenía la voz clara y fuerte, pienso que tenía facha de pescador y que algún día iba a negar algo. No sé, pero en su cara vi que luego iba a arrepentirse y que sería el portavoz de un movimiento mayor. Uno de ellos el más bajo, tenía algo de incrédulo en la vista, lo sé porque me miró. Pienso que es de los que tiene ver la herida en el costado con sus propios ojos para creer que alguien fue cortado. Pero no creo que sea malo, sólo que es algo joven para entender ciertas cosas. Él me miró bonito, no creo que piense que porque me pinté los ojos soy una ramera. Esas personas que vienen con el señor que conocí aquel día hablaban diferente, tenían una luz distinta encima de sus cabezas. Días después de que esto pasara, vi una caravana de gritos, y una aglomeración de personas que decían que había que hacer justicia. Gritaban yo no sé qué otras cosas. No lo entendía. Creo que se dirigían a ver un acto trascendental, algo que era una costumbre o algo que supuestamente era necesario y justo. Yo como sólo soy una chica de la callejuela pobre de la parte  sur de Arimatea, no debo contar que dejé caer la madera (el soporte) de mi casa (porque me lo pidieron) para que unos tipos hicieran una cruz con ella. 



(Sección 34, la joven relata esto mediante sección de hipnotismo, grabación 12 del Dr. Hamilton, son las 3:45)


Yia





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