lunes, 8 de julio de 2013

Amantes



De todas maneras iba a ocurrir. Nuestros simbolismos eran demasiados como para dejarlos pasar. Esto, no está bien - te dije.
Esto, está genial - contestaste. 

Aquel cuarto escondía todo un mundo de felicidad. Aquellas cuatro paredes no sabían lo que era el tiempo, ni el quizás. Llegó un momento en el que me dijiste tantas cosas a la vez. (Ahora no las recuerdo).
 Era de esperarse, yo sabía que no se podía. Tú sabías que sólo faltaba un día para volver a tu lugar. Aún así, sabíamos que era inolvidable. 

¿Sabes que no estás donde dijiste que ibas a estar?, me decía. Sí, bueno se supone que esté allá, pero estoy acá. - le dije.

 Yo me morí de la risa, porque tú también te reías. A mí me importaba poco el mañana.
 En aquella habitación, su edad y la mía no existían. ¿Qué?, 5 años menos, por Dios... 
La edad es sólo un número que se quedó afuera de esas paredes. Total, me sabía entera,
 y yo... yo a él lo sabía de pies a cabeza.
 -Eres hermosa, muy hermosa, nunca vi mujer como tú.
 Me gustas porque eres sincera, (y sincera en este caso se refería a: nada de tímida).
¿Sabes que me encantas? -lo repetía. 

Tú me encantas más a mí, le dije.

 Yo podía aceptar todo lo que nadie aceptaba de él, sus pequeñas perversiones, sus tantas formas de ser distinto, sus secretos, sus tiempos oscuros, sus fantasías, sus pataletas, sus ojos de...


Nuestro amor era diferente, y diferente aquí significa, no apto para ser contado. No traicionábamos a nadie, al contrario, no rendirse al amor que nos teníamos era traicionarnos a nosotros mismos. Él respetaba mi vida, mi coquetería, él conocía mis límites. Yo confiaba en él a ojos cerrados. ¿Por qué?, porque amaba ser su primer pensamiento y último suspiro. 

Hubo un momento en el que me habló de su madre. Yo le dije, no me digas nada que te moleste de ella, porque el único y verdadero amor de un hombre es su madre.

Ah, hermosa, pero es que ella hace esto, y no me gusta esto otro. - me dijo

 Hey, te dije ya, que no me digas nada que no te guste de ella. (No mientas... ) En el fondo, muy en el fondo, todo lo que deseas es que ella te aprecie tanto como cuando eras más joven, cuando eras un niño. - le dije

 Uy, tú no eres de las que odias a las suegras, me dijo.

No, jamás, al contrario ella fue la reina que te trajo al mundo, y eso es lo más bello que pudo hacer. Total, ella no es mi suegra. Yo no tengo nada que ver con ella, pero tú no debes juzgarla por nada en lo absoluto, por nada. Aunque esté equivocada. - le dije.


Amor, ¿Por qué me dices estas cosas? Si yo no te merezco, yo debo irme, y tú... eres todo lo que amaré siempre. Desde pequeño soñaba con alguien idéntica a ti.
Tú no me juzgas, eres tan complaciente, tan inteligente, no dejas de impresionarme.

Yo... no sé, no sé. A mí me nace amarte. - le dije


Mi corazón es tuyo. ¿Lo sabes? - me dijo

Sí, lo sé. Me lo dijiste borracho un día de Navidad y los borrachos no mienten. -le dije

Esa tarde sentí ganas de quedarme abrazada a él -todas las horas que seguían- pero el simple tacto, el dulce olor de su pelo, me invitaban a envolverme en sus deseos. Besó cada centímetro, cada pedazo, cada poro, grabó sus manos en mis senos y los deseó como nunca los desearon. Me hizo suya, me hizo humedad, me hizo recuerdo indeleble,
 me recreó con sus manos como a una escultura. Él amaba mirar mi cuerpo desnudo,
se tomaba tiempo...
 En cada mirada se fugaba de sí mismo. Nos envolvimos, y fue sexo, amor y sexo,
sexo y más sexo. Una y otra vez, amor, amor y sexo. Como nunca, como nunca, como nadie, y fueron los rasguños los que hablaron y las paredes tuvieron marcas de mi espalda, del calor de mi cuerpo. Todo era un rito melódico, de suspiros y gemidos,
de gemidos y suspiros, de suspiros sostenidos. Por nuestros cuerpos corría el fuego y la lava, por nuestras bocas corría el secreto del silencio. Sentí su fuerza, su temblor, su león despierto, pero también sentí su ternura, como un león manso que se enamoró de un corderito. Él sintió mi humedad, sentí su río.

 Quién diría que esa era nuestra última noche. Nos entregamos en alma y en cuerpo, en emoción, en pecado y en cielo abierto. Sabíamos que era imposible, que era la despedida, el hasta luego. Aún así, en la despedida vi sus ojos mojados, y al sellarme un beso en la frente, dijo, nunca había estado tan enamorado... y después de un silencio largo... dijo, debo irme.

 Yo acepté tranquila y le solté la mano. Luego vino el adiós con el cierre del ''gate'' en el aeropuerto. En unas horas la vida sería el mismo cuento cotidiano y sus lamentos. Tú y yo siempre seremos, ese momento eterno. Siempre me amarás en silencio, con el secreto del tiempo, y los destiempos. Siempre me amarás como yo te amo, con el amor que sobrepasa el entendimiento.











Yia














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