lunes, 6 de mayo de 2013

Prisma



Algún día vendrá alguien, tal vez, con un sentido distinto al que tienen todos, y verá con claridad, lo que describiré sin mayores prejuicios. Mi interés circunstancial es simple y llanamente, intrínseco. Vengo a eximir a otros de sus falacias y de sus tantas noches perdidas. La responsabilidad sobre estos episodios es total y exageradamente mía. Si para librarlos de sus fantasmas, he tenido que entrar yo en ese lugar, debo entender que valió la pena arriesgar mi vida por alguien más. Al principio, creí que no iba a poder enfrentarme a todo lo que implicaba esa vulgar sucesión de diapositivas con efectos poco naturales.
En ese momento fui capaz de introducirme en un mundo sin mundo, que se redujo en una fracción de segundo, según las leyes de algo que no conozco. Pero que creo que siempre vino conmigo. Más adelante, -quizás ya está pasado- hará su aparición, un ser con la sabiduría idónea y la evolución exacta para refractar los colores que deben ser emanados, con el fin de encontrar esa puerta hacia lo que está en el umbral que pude ver con mis propios ojos.

Con el tiempo me fui convirtiendo en otra cosa, no era tímida, nunca estaba nerviosa. Parecía ser inmune a todo lo que le gustaba a los demás. Crecí entre mucha gente, que no veía las cosas como yo las veía. Las personas se preguntaban el porqué de mi mirada agónica. Se preguntaban: ¿Por qué ella no está jugando con las demás chicas? ¿Por qué siempre está leyendo algún libro extraño?
Ellos me miraban sin ver que lo que quería era, no conformarme con lo que veían mis ojos. Yo quería ver lo extraordinario, sentía que había una clave para penetrar en el subconsciente de la existencia sin igual.

Una tarde, en que regresaba del pueblo, con algo de frío, después de mis vueltas por el mercado del zaguán, me pareció que la chimenea continuaba encendida. Así que me dispuse a volver a casa. Lo primero que hice fue ir a la chimenea. Cuando me asomé un poco a ella, una llama de fuego invisible, pero perceptible, saltó de forma inesperada. Sentí como encegueció mis ojos por unos minutos. Al punto que tuve que ir a humedecer mi cara. Luego me fui a mi cuarto y me acosté en el suelo, en mi lugar favorito. Una casita de acampar que había ideado con unas cortinas de mi abuela. Hubo un momento extraño; la sensación de una voz en la distancia, me hizo afinar los oídos. Quería escuchar bien de qué se trataba. Yo estaba sola, y la voz de siempre había vuelto, era muy extraño, no tenía miedo. Continué en silencio, y de pronto la misma llama de fuego invisible llegó a mis ojos, un calor que no dañaba había cambiado el entorno. Ya no me encontraba en mi cuarto, enfrente de mí habían tres aposentos. El del medio tenía la puerta más grande, era de un color cobrizo mezclado con rojo intenso.

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El apuesto serafín sonreía, sabía que vendría a la hora convenida. Sabía que no faltaría a mi promesa. Entendía mi mente humana. Llegué a ese lugar, pasadas las 4 de la tarde. Entré en el aposento del centro y exclamé el código secreto. (El código era una combinación de números y letras que había soñado desde que tenía uso de razón. Sabía que debía hacerlo al llegar al "Dimanto rojo" - una cerradura de apariencia barroca, que ya había visto en visiones constantes. Podía reconocerla en cualquier parte.)
La pieza roja en la pared dio un giro inesperado, y del techo salió un pájaro dorado con alas de libélula. En sus alas tenía un prisma segmentado que parecía tener algo escrito en su interior. La criatura sobrevoló por mi pelo, y con un movimiento suave, dejó caer el prisma en mis manos. Quedé sorprendida ante el esplendor de aquel cristal, -realmente- no sabía lo que significaba lo que estaba pasando. (Traté de descifrar lo que decía, pero no podía leerlo, las letras estaban ocultas entre los colores del prisma) El pájaro revoloteaba por el pasillo contiguo como si quisiera que le siguiera. Lo seguí hasta una escalera negra de aspecto inolvidable, era como de un material parecido al ónice, tenía un lustre impactante. Miré su altitud por largo rato, mientras que, sin que me diera cuenta el prisma ya no era prisma en mis manos. Había cambiado de cristal reluciente, a un pequeño libro delgado. Cuando por fin noté que eso había pasado, miré su diminuto aspecto, y quise abrirlo para ver qué decía, pero no, no lo hice. Algo dentro de mí, me llamaba, insistía de manera continua. Era una voz ajena, un sonido nuevo, una rareza desconocida, no era igual a la voz de siempre, ahora era más clara, melodiosa, una caricia auditiva placentera, genuina.

La voz me decía: ¡Sube, ven, te espero! -lo repetía- Comencé a subir la escalera y con cada movimiento, el escalón que dejaba, desaparecía. Cuando ya sólo quedan dos escalones, me detuve y miré hacia atrás, vi todo el vacío. Subí uno más, luego el otro, volví a mirar, y la escalera, ya no estaba. Al llegar a la parte de arriba, encontré a Zaín, -un ladrón de ovejas que conocí un día, cuando acompañaba a mi abuela al mercado del pueblo-.
Me asombré mucho al verlo y le dije: - ¿Y tú, qué haces aquí? Es mi momento. ¿Por qué tú? Pensé que sólo era para mí. No creo que lo deba compartir. Me esperaban desde siempre. ¿Qué demonios haces aquí? Esto es mío. Para esto nací. ¿Y ahora qué sigue? ¿Cómo bajo? ¡Vete, no quiero que estés aquí! -

Zaín no contestó ninguna de mis preguntas. Sólo me dijo: --No temas, sólo escucha. Sigue sus direcciones. No te fijes en que yo estoy aquí, a mí también me llamó, llevo milenios esperando la iluminación.
-¿Iluminación? ¿Y, eso que es?
--Preguntas mucho Rubí, si sigues así lo echarás todo a perder.
-¿Cómo sabes mi nombre? Yo nunca te lo dije. Cómo iba yo, a ponerle atención a un ladrón. Ah, y para que sepas, tampoco leí las cartas que me enviabas. No creí que...
Bueno, está bien, no preguntaré nada más, sólo déjame sola. Yo seguiré recorriendo el lugar. Trataré de concentrarme, necesito escuchar de nuevo su voz, tú me has confundido. ¡Qué rabia me da!, ahora no estoy alineada, ya no escucho igual. Es tu culpa. ¡Vete ya!.-

(Zaín decidió continuar en dirección contraria, pero antes, a manera de despedida, me miró a los ojos. Me miró como miran los que aman en el silencio de la conmoción interna. Me miró como el que ama sin posesión, sin querer que pierda lo bello de mi alma en libertad viajera.)



Aún tenía el pequeño libro en mis manos, pero trataba de ignorarlo. Pensaba que si lo abría todo eso acabaría, y ya no sentiría esa atracción tan fuerte que me daba un placer indescriptible, casi magnificente.

Creí llegar al punto acordado, era la hora exacta, el momento exacto. Allí estaba el dueño de la voz, que ahora sonaba a estruendo sin odisea. Cada vez que me acercaba era más clara y perfecta. Era hermoso, quería mirarlo de cerca, era muy bello, sonreía, sentía que me decía que me quería, pero no movía sus labios, yo podía escuchar lo que pensaba. Me dijo: Quédate ahí. Así que, no me moví.
- Rubí, en la vida tendrás dolor, en la vida sentirás, sequía. Te mostré el amor y te negaste, te dije ámalo y no quisiste escucharme. De eso no puedes huir, aunque todavía no es tarde. No te culpes, tú no tienes la culpa de nada de lo que pasa, ni de lo que te pasó. Después de aquí no recordarás nada. Instalaré mi voz en tu corazón, pero sólo tú debes buscar entenderla y escucharla. No será fácil percibirla.

Yo... lloraba, quería abrazarlo, sentí muchas ganas de que me abrazara. Quise acercarme a él, y un movimiento torpe en mis pies hizo que se me cayera el pequeño libro que cargaba. Miré al suelo como para recogerlo, y tuve mareo, un poderoso vértigo nubló mi pensamiento.
Mi cuerpo caía, caía, y de momento, cayó. (Sentí eso que sentimos todos cuando estamos durmiendo. Eso que sientes cuando crees que te caes de la cama) Sentí exactamente eso, sólo que caí en el suelo. Sí, en el suelo de mi cuarto como al principio les conté.

Me levanté con mucha agilidad, busqué en mis gavetas y tiré todo al suelo. Allí estaban, allí estaban las cartas.

Comencé a leer una, al azar. La carta decía: No robo ovejas, como dicen todos, eso es sólo una mentira de pueblo, cuando voy por aquellos pastos, te pienso, soy el único que ahuyenta a la bestia que se come a las ovejas. Eres la razón de mi vida, la razón de mi valentía y mi fuerza. Cuando lucho con la bestia siento que salvo al pueblo entero, en honor a ti, mi única princesa. Soy Zaín Fuentes, y te amo desde antes de nacer...




Algún día vendrá alguien que entienda.


YIA





















































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