viernes, 12 de abril de 2013

UNA MIRADA EN EL TIEMPO




Aquel discurso fue la anticipación de todo lo que sucedió después: durante los primeros años que siguieron el terror fue amordazando las conciencias y todo lo que respiraba carecía de luz interna. El pueblo callaba físicamente pero entre silencio y silencio, el misterio se hacía elocuente. En un sector aventajado por su altitud, la gente le daba la espalda a la claridad del día, cerraban las puertas y ventanas hasta después de las 3:00 de la tarde. El ritmo de la rutina era lento, quedaban pocas tierras fértiles, no había mano de obra. Los hombres se habían vuelto sedentarios extremistas. En la noche la neblina tapaba las casas de manera espeluznante. El pozo de la plaza ya no tenía agua. El sonido del tren anunciaba que venían a socorrerlos con municiones extrañas, agua y alimentos. Unos hombres vestidos de uniforme dejaban una caja enfrente de las casas, la ración del día, la única esperanza para subsistir un día más. En menos de dos horas la repartición terminaba y el silencio volvía a reinar. El sol calentaba como nunca, las pieles eran susceptibles a quemaduras graves.
Al atardecer se podían escuchar los pasos de las personas, listas para salir de las casas, no sonreían, no se miraban unos a otros, caminaban con largos ropajes, hasta llegar al centro, en donde se reunían todos a escribir su parte de la historia. La historia no era más que recuerdos pasados, cualquier cosa que escribieran era válida. Todo esto se hacía en silencio, en un silencio ensordecedor y frío. Luego de terminar las páginas que pudieran antes de que llegara la completa oscuridad, hacían varias filas para entregar lo escrito. En medio de esa vigilia ceremoniosa, y sin que nadie se percatara, Lucía miró al señor encapuchado de su derecha, y sin que nadie se diera cuenta, se bajó entre la multitud, y se escondió en la última fila. Quería tardarse más que los demás, eso le daría mayor tiempo para escribir. 

Era la única manera de hacerse escuchar. Pronto morirían, ella lo sabía.
-cuando la poca agua potable que quedaba se acabara, los días se darían por terminados-

La contaminación era tanta que todas las represas estaba llenas de todo y de nada, había dinero, pero no había donde comprar. Lo único que podía hacer era gritar en las líneas, no había estructura, no había moral, no había quién escuchara. Entonces, ¿para quién escribían?
Para qué, el protocolo de las tardes, si nadie respetaba a nadie. ¿Qué pasó con el amor?
¿La naturaleza se cansó?

En la fila de atrás, Rodrigo, le pasó un papelito a Lucía, este decía: el caos terminará, cuando todos vuelvan a amar. Lucía lo leyó con disimulo, vuelve a él su vista, y los dos se toman de la mano por unos segundos.

El amor renació, la luz interna comienzó a brillar, el Sol no cambió, pero los corazones de dos, cambiaron a todos los demás. Sólo el amor los pudo salvar.




YIA



























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