lunes, 1 de abril de 2013

Rayos del sol en la cara...





Del otro lado del misterio espero mientras duermes, imagino tus sueños vagando en las horas, como el claroscuro imperceptible de la neblina que se mueve en forma de comparsa. La noche ha terminado. Me quedo quieta ante las luces de la mañana y me uno al despliegue de los rayos que me acompañan. Miro a la mesa de tu derecha y sin tocarte trato de alcanzar el libro que dejaste con la página doblada. Es domingo. No quiero despertarte. No intento liberarte de tu viaje
- así dormido te asemejas a un buzo que no quiere salir de su escafandra, así dormido parece que no le temes a los escualos que merodean a tu fantástica y dinámica simulación de conquistar lo seco y las aguas. Te miro de reojo y siento que respiras, sonrío. El libro en mis manos tiembla ante mí, ante mi división de módulos oníricos, creo que sabe que tramaré otras secuelas, creo que divisa mi pasión y mi instinto. Siento que entiende que viviré dentro de sus páginas mientras dure en mi recuerdo, sabe que haré caminos nuevos para los personajes y escogeré la fecha de sus entierros. Te mueves un poco, cambias de posición y yo sólo te miro. Abro el libro en la página que doblaste, la desdoblo y me digo: ¿Qué habrá sentido?

(Vivimos en el tiempo, que para decir que estoy leyendo un gran libro debo tomarme una foto con él en las piernas, si no, no lo he leído). Me concentro en lo último que leíste y siento que la lectura me atrapa. Por un momento me sentí Virginia, la chica que salía por las noches a buscar el sustento que le faltaba. Mientras leía, me involucraba en su vida, podía sentir cada suspiro, intuía la tristeza entre las lentejuelas y el baile de la madrugada. Sentí cada paso, el dolor en su mirada cuando intentaba no mezclar sus sentimientos con algún cliente, vi sus ojos temblorosos al ver que
-en algunos casos- la paga no era suficiente. Todo por rebeldía, todo por nada. Hasta sentí lo culta que era, su hablar era el detonante, creo que en algún momento citó una frase de Hamlet. Creí ver como se despedía del portero del cabaret a eso de las 8 de la mañana, y casi vi el polvo que se levantaba del suelo cuando el dueño del bar barría la calle. Sentí los rayos del sol en su cara, la vi buscando sus gafas oscuras en la cartera, para enfundarse en ellas, para que de alguna forma no vieran a la que hace unas horas era toda una estrella del tubo brillante. No quería que la vieran, de día era otra, era como ver a la misma que era cuando no pensaba ni siquiera que tendría que desnudarse para pagar el colegio de su hija Alondra, y terminar su último semestre en la Facultad del Séptimo Arte.

No me había fijado que ya estabas despierto. Estaba sumergida en la lectura.
(Cierro el libro y lo guardo en el cajón de la mesita que está cerca de mi lado de la cama).
Me das la primera sonrisa del día, y una parte de Virginia se queda en mí.

Te miro, y te miro...
como imagino que ella miraba al único hombre que pudo llenar su alma.




Yia















No hay comentarios:

Publicar un comentario