jueves, 28 de marzo de 2013

LA BELLA Y EL ERMITAÑO






http://youtu.be/l7Z3YMZGkSU


En este mini relato les contaré sobre el amor de la doncella y el se creía el ermitaño bestia del lago. Cuando ella llegaba, lo buscaba entre la espesura del bosque del parlamento rosado, al son de esta pieza, imaginarán el juego que sostenían al esconderse uno del otro, y la delicia encontrarse luego de tantos, tantos... Te invito a que reproduzcas la siguiente canción mientras sientes que juegas al escondite con tu persona favorita, con tu amor alado.





A veces recuerdo que también existo en el mundo paralelo de tu boca.

La palabra bosque desciende hasta sus labios y al decirla, nombra también al lago, a las aves, a los verdes, a los naranjas, y a esta rama que antes fue árbol. Nombra a la noche, al día, al canto de los osos pardos, nombra al Sol que se pone, nombra hasta los lunes en los que no vine, porque no quise hacer caso, a lo que nunca dije, a lo que callé por años.


Avanzaba entre las ramas, no era pie grande, no era grave caballero de espada, no teñía el dorado con oro, pero era todo lo que necesitaba. Un camino se vertía entre las ranuras del silencio, él se disponía a crear la atmósfera deseada, cazaba las mejores historias, de manera huraña. Vivía solo, en su despacho natural, se hacía humo, carta, granito, se alimentaba de todo lo que podía ser nutrimento abismal. Un día luchó con los gavilanes del cementerio, venció a los setenta y siete poetas del ego, rasgó fuertes huracanes, hizo de su exilio, un mundo paralelo.


Quise ser vertical, alejarme del fuego mordaz, quise hacer lo correcto, avanzar hacia el sentimiento de libertad, intenté caminar sin tropezar, soltar las amarras del encubrimiento. Tenía ganas de cruzar el bosque, sentir de nuevo. Llenarme de la chispa del sol, de sus roces buenos. Quería morder el haz de luz entre los árboles, hacerlo vívido, en doble resolución, un largometraje de estilo. De alguna manera algo en mí quería suprimirlo. "A veces resistirse es lo más arriesgado". Suprimir el esfuerzo del bies de mi vestido, era crucial llevar el color naranja. Él podía distinguir ese matiz desde cualquier dimensión y paralelismo. Súbitamente, se presentaba, no era lo que los demás querían para una doncella de pasarela y piernas largas. No era lo esperado, lo que la sociedad de afuera anhelaba. No me importaba si era joven, guapo o alto. No tenía que tener el mejor calzado. Lo conocí de niña, jugando al parlamento rosado, debajo del gancho de la piedra de la dicha, allí junto a la lágrima del lago. Él tenía muchas historias en sus manos, en los ojos guardaba el mapa de la selva, en su estómago tenía nueve millones de mariposas que serpentean. Era honorable, actuaba con honradez, digno de ser respetado. No sabía de su hermosura, era sencillo, en su diccionario no existía el orgullo marcado, se sentía subestimado, empequeñecido, desmembrado. Siempre se miraba en el espejo que reflejaba el lago, se veía con los ojos de un monstruo; estaba equivocado. Nunca le tuve miedo, nunca percibí un ápice de maldad en sus actos, él era todo lo puro, todo bello que me había pasado. Sí, me gustaba mirarlo. Yo era ella, la que le amó cuando todos estaban en contra, cuando no sabía lo que era amar y ser amado. Un día dejé de verlo, el dolor lo convirtió en amargado, ermitaño, ahora vengo a visitarlo, pues no voy a dejar que se trasforme en la bestia, que todos llevamos. No dejaré que su luz se apague, su belleza interna es mi mayor regalo.





Yia

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