viernes, 8 de febrero de 2013

El enigma



Cerrar fuertemente los ojos era la única manera de alejar el miedo, en cualquier momento volverían aquellas imágenes. Pasaban por la puerta, se sentaban en el medio del cuarto, se ponían enfrente de ella. Eran tres, parecía que la amaban, la sentían suya. A lo lejos escuchaba sus piecitos correr, sus risas frecuentes la despertaban. Eran tres y podía distinguir el uno del otro. Podía reconocer sus caritas en cualquier lugar. Estaban por todos lados, en cualquier momento aparecían. Venían una y otra vez sin ser llamados, sin buscarlos, siempre volvían a quitarle la calma. Era muy pequeña, no entendía. No sabía por qué los demás no veían lo que ella veía. No había pedido esto; esa sensación, esas visiones, ese sentimiento de sentirse diferente, confusa, llena de preguntas, misterios y sinrazones...
Sentía temor cuando esto sucedía, pues no entendía lo que estaba pasando, mientras más lo evitaba, más se repetía. Cuando ya no los veía, se metían en sus sueños. Podía oír sus voces, percibía la presencia de tres niños. Escuchaba frases cortas, otras más largas, balbuceos, risas, cada cosa que escuchaba era distinta. Con el tiempo se fue acostumbrando, tanto así, que los sentía cerca, percibía el frío o el calor que emanaban. Ya no temía. Sentía la energía de sus manitas cuando tiernamente la tocaban. No querían asustarla. Si ellos la sentían triste, halaban su ropa, buscaban su atención de cualquier manera; hacían lo que fuera, por volver a verla sonreír. Si ella estaba durmiendo la levantaban, querían que abandonara la cama, para que compartiera con ellos, le decían: vamos a jugar. Noche tras noche sucedía lo mismo, la conocían, la llamaban por su nombre.
Los años pasaron y su mente aún buscaba una explicación, un razonamiento lógico para entender lo que pasaba, pero no había contestación. Un día, encontró unos papeles en casa de su madre, era como un expediente médico viejo. Tenía el nombre de su mamá. Continuó leyendo. Uno de los papeles decía que su madre había tenido tres embarazos, los cuales habían resultado en abortos espontáneos, estos habían sido de tres varones... uno detrás del otro. Sucedió antes de que naciera ella. Al leer esto, se dejó caer en el suelo y por largas horas, lloró. Nunca entendió, nunca hubo explicación, después de ese día, nunca más los vio.



Yia






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