miércoles, 12 de diciembre de 2012

El último minuto de Teodoro



Adentro del castillo los paseos son largos, afuera se escuchan los pasos que dejaron rastros. El aire fétido cargado de herrumbre, nubes sustanciosas de egoísmo, paredes impregnadas de hollín negro invisible. Arco ojival de gótica mansedumbre, oligarca que asume su puesto en Los Olmos. Ojos inquietos del mandatario de todo, por más que el oligarca hablase y sus argumen
tos de cambio fueran los de mayor peso, no sería escuchado, sería tomado por oprobio. ¡Y qué si no estalla el ónice de la estructura, y quiere llevar su estandarte oneroso! Asido pues, del camino y sus rostros, sufrido de nada, herido del todo. El castillo queda intacto allá y en las cumbres de nada sirve el oro. Él piensa para sus adentros: No llevaremos ejército, ni manada, ni ojiva, ni honda, ni camándula. Las manos vacías serán la espada. El espacio en la oda se mantiene con lloro, se expresa con la carga, se inclina ante el socorro. Se escucharán estruendos de vida errante. Los paquidermos correrán mientras los truenos caen. He visto caer al más grande, al ostentoso, al pobre, al joven, al menesteroso...
Ah, qué será de las almas en tiempos de angustias, del comino que pernoctará solo. Qué pasará con metal que resuena, con el cimbrado de las cargas que llevan dentro. Los ríos de agua en los corazones rotos, serán mensajeros del suceso expiatorio?
Qué será de los quedan en mi árbol humano, genealógico? Si yo hubiera sido poderoso cual dios de ojos luminosos, le daría levedad a las cargas del pueblo que veo perecer ante la codicia de un farsante con manos llenas de quilates.

El castillo seguía intacto, la sinfónica toca un adagio, las columnas parecen sucumbir con la lluvia y el ácido de los años; todo es una ilusión aquí no habrá ningún cambio. Es arte lo que ven sus ojos, es furia, historia y es muerte, oxímoron, contradictorio. En la copa del oligarca un vino barato pide ser tomado. Está cansado de la pena, ríos brotan en la conciencia muerta, uno sólo no produce un comienzo, en la unión está el aplomo. El clero fantaseaba una venganza a diario, no pueden hacer nada, hay reclamos que causan daño, se sientan en la mesa redonda, clamor tras clamor, manos vacías y miradas desérticas. En el techo giran tabúes aglomerados, sus caras solas hablan, no hay derechos humanos. Venenos azules se solidifican sin pena ante la magnificencia del presagio. Augurios van de la mano de los cantos. El códice ha sido cerrado. En medio de la visión y el humo, una mirada cambió el panorama, su amada cargaba un conejo blanco, en su cuello una cadena llevaba el escudo del castillo gótico. Él tiene sed y no es de agua, quiere hacer algo pero no sabe cómo, la hora ha llegado, ha concluido el reinado de sus propios pasos.


















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