miércoles, 12 de diciembre de 2012

DESMEDIDA



No puedo querer de otra manera, solo puedo querer con locura desmedida.


Augurios desvelados prenden un camino, 
la locura ya no exuda huecos ni quimeras, 
llevamos adentro la idea de escapar con el mismo fin.
- pasemos la noche afuera...
Y mezcladas las horas con los minutos que se añejan, 
desprovista de mis años de acuarela
denuncié con voz ronca, y llanto salado,
 la ironía de las nubes negras.
 Vacía de todos los andamios de la noche
quise apagar con mi boca,
 la caricia de unos ojos que me entumecían.
 Me senté a tu lado y no vi que llovía.
Empapados de nada nos dimos a la buena del cielo en sincronía. 
Estaba mojada de ti, pues la lluvia no sentía.
Mi piel circundaba en tu sonrisa paradisíaca, 
en pluviales gotas de un rocío trasmutado sin pudor ni mentiras.
Me introduje en tu sombra y tú en mis pliegues plantabas bandera, 
y yo me mecía, y yo tan desvestida,
enviada de la vida, emisaria del rito solemne que nos había levantado
cual bestias que aúllan a una luna que no es mía.
Los coquíes se agrupaban en cantos que cincelaban
 a todos los ciclos de la naturaleza desconocida.
Se hizo tarde en la palabra que dejamos no dicha
 y nos pulverizan las miradas de los árboles,
y nos hacemos silencio entre los ruidos de un búho sapiente 
que nos intuye desde la rama que vemos si miramos hacia arriba.
Todo es hermoso desde tus ojos hasta el techo
 de las estrellas que nos miran, podré perderme otro minuto,
en tus fríos de seda piel que me queman sin malicia. 
Me fascinas. Te mueves suave, yo inmóvil te miro sin prisas,
 te gusta sentirme, con tus labios de cautela infinita. 
Soy libre como estela que brilla, recorres cada célula, 
cada poro de mi piel te envuelve en un elixir que hipnotiza, 
llevas horas rasgando leve y no me duele, ni me molesta que sigas y sigas.
 Algodonados gemidos nos detienen en series que parecen infinitas.
Permanezco desinhibida, levantado tus dudas, 
se desparraman más las ansias de volverme
 la ninfa de tus cuentos y fantasías.
Se hizo la luz, nació un día,
 no notamos que llevábamos horas forasteras mezclados
en la lluvia emitida. 
Somos los amantes que cuentan del comienzo
de las almas parecidas. 
Esos que etéreos vuelan, que crujen desde las entrañas de la tierra, 
pero un día cruzan miradas, y ocurren cosas como estas... 
no sé, debí saber que iba a llover, el aroma lo decía. 

















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