miércoles, 14 de noviembre de 2012

CASANOVA



Las quiso a todas, y todas, lo amaron a él. Caían como tenían que caer, sucumbían ante su selecto frenesí. Bastaba con un simple detalle de caballerosidad. Él tenía su arsenal, sus letras, sus versos, su amplia amalgama de palabras, gestos y por supuesto, bastaba con dedicarles a cada una de ellas, un poco de su tiempo.
 Su intención no era el engaño, ni él mismo entendía su proceder. No entendía su constante búsqueda, no sabía que le movía. Fui testigo de sus hazañas, lo vi todos los días.
Si alguna lloraba él sacaba un pañuelo, si alguna se iba de viaje, no sentía celos ni pensaba mal por ello. Al contrario, en la fecha de llegada, él estaba frente al aeropuerto, le daba la bienvenida a soñar con un descanso más, con un consuelo.

El coleccionista de pieles, amante de la conquista, experto en seducción, el casanova, ¿el humanista?

¿Alguna se preguntaba qué necesitaba él? ¿Alguna veía debajo de su piel? ¿Tan difícil era no ceder?


Decía que todas eran bellas, su mamá era su diosa, su estrella, según él, ella le había enseñado a verlas de otra manera. Idolatraba a las mujeres, las veía como deidades, como un manjar de experiencias nuevas. Nadie entendía su capacidad infinita de querer dar, darse en todos los sentidos, que para él era nada más y nada menos que darse a sí mismo.

Yo sabía su secreto, les parecerá extraño, pero él amaba la variedad. Luego de leer un libro de Milán Kundera, pude entender que a este individuo le pasaba igual que al personaje del libro. A él le excitaba saber ese punto exclusivo, ese margen, ese ápice de diferencia que las hacía especiales, eso que las hacía únicas. Esa cualidad que no tenía aquella o la otra de allá, saber el secreto de cada una de ellas, era lo que le hacía sentir superman.
Siempre sentía urgencia de piel, siempre sentía ganas de saber qué podía encontrar en la mirada de mujer.

Así fue toda su vida, hasta que una noche la luna le sorprendió. Allí estaba ella, no podía controlar lo que sintió al verla, su tono de piel, la caída de su pelo, su blusa sencilla, sus jeans añejos. Algo tenía esta chica, tenía porte de elegancia, quizá era la forma en que se sentaba, la manera en la que tomaba la copa en sus manos. Quizá era que no veía que coqueteaba con ninguno de los convidados. Lo cautivó desde el primer momento. No pudo esperar más, se atrevió a dar el primer paso, la invitó a charlar y hablaron por un rato.
Notaba en su hablar que lo menos que quería era un encuentro romántico, ni algo que saliera más allá que una simple charla. Para su asombro, ella era diferente, el cruzar de su pierna, el olor a fresas que expedía, el poco maquillaje que usaba, su tierna sonrisa, sus labios desnudos, no, definitivamente algo tenía que le atraía y mucho. Hubo un momento en el que le temblaron las piernas, sudaba, no entendía que le sucedía cuando esta chica hablaba, (de no sabe qué cosas), él sólo tenía la mirada sostenida en su cara preciosa. No pudo resistir su hermosura, no resistía su encanto de mujer niña, así que la invitó al hotel más cercano. Ella tranquilamente accedió. Charlaron un largo rato. La deseó en cada gesto y en cada movimiento. La admiró. De tanto charlar se quedó dormida, (seguramente las copas le afectaron) ni siquiera la tocó, no podía, temía, creía que si la tocaba la dañaría. Era hermosa, parecía un cachorro que dormía en paz. Era una bendición verla. Ella era lo que no conocía, tenía lo que otras no tenían. Producía en él reacciones distintas.

(Le había escuchado, le había mirado sin buscar sacar algo, sin pedir nada a cambio.) Para él fue suficiente sólo encontrarla y haber hallado tanto. Ella lo desarmó desde el primer momento, no sabía qué hacer para impresionarla. Ella lo dejaba sin aliento. Toda la vida él había estado buscando algo diferente. Toda la vida había buscado querer de verdad, anhelar algo tanto, tanto... tanto.















Yia









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