viernes, 2 de noviembre de 2012

Aprendiz (Maiko)



El cálido roce se unía a mi esqueleto, como suaves comparsas de caracoles en lentitud extrema. Era lo esperado, desde todos antes y todos los caminos pasados. De nuevo... volvía, mi madre estaría orgullosa, ella ya era brisa, estaba en mi sangre tomar el paso. Mis antepasados rogaban desde lo profundo de la tierra, debía hacerlo, era mi tarea. El cambio era inminente, no había paso atrás. La pintura rodaba como sol naciente, mientras mi alma sonría. El aire fresco merodeaba en glamorosas ondas de paz e iniciativa. 

Mis párpados bajados y ese olor a rito necesario, grababan imágenes explícitas. De esto nada entendía, solo me sentí árbol, mis pulmones se sentían hojas que respiraban clorofila vida. Me sentí lepidóptera, mariposa después de la pupa, luego de haber sido aquel gusano que tenía la seguridad de su destino volando.
Me sentí longeva y a la vez efímera. Allí, quise creer que su alma se extendía hacia el pincel. Comprendí que era pequeña ante la majestuosidad, que los valles me mostraban. 

Logré encontrar los matices ruborizados, el valor de la palabra, la plenitud de ver el mundo en el silencio de unos ojos cerrados.






(Vi esto un sueño, que no comprendo)

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