viernes, 14 de septiembre de 2012

SANGRE EN EL ESPEJO (género suspenso literario)






Provenía de la rama familiar más extravagante. Había sido educada con el esmero necesario para cuidar el abolengo. La familia escondía su linaje oscuro, la verdad del castillo era un vacío inconcluso. Ella era sumisa, sus pasos gobernaban a todas las miradas. Sus sirvientes la seguían, sus nanas le cantaban. Aunque en ese lugar habían más personas, ella sentía que en algún momento, tenía que ir en busca de lo que le faltaba. Tenía misterio en los ojos; su palidez era la evidencia que mostraba que le gustaba el encierro de aquella morada. Se miraba al espejo, encantada, estaba obsesionada con su imagen. Quería ser eternamente joven, eternamente bella. Sentía repulsión por las agujas, le temía a las inyecciones que podían curar su enfermedad. No las usaba para ella, solía usarlas para otros cometidos que le causaban una alegría inmensa. Su caso era extraño, nadie sabía lo que por su mente pasaba. Ella era amante del rojo, veía rojo, sentía rojo, olía rojo, tenía sed de todo lo que fuese rojo. Ese color la extasiaba, era como un elixir mental a sus ansias, con sólo tener la idea de ese color sentía una oleada de placer que la embargaba. El castillo estaba repleto de cortinas de terciopelo escarlata. Ella mandó a ponerlas, para esconderse de la luz del día, ella mando a ponerlas porque le daba la gana. 

Permitiéndose una nueva oportunidad de caza, trató de mantener el equilibrio, diseñó una mordida letal con fiebre de incendio por si el plan fallaba. La luz era escasa en aquellas habitaciones que estaban en dirección contraria al equinoccio. Los matices se escondían tras las ventanas, los marrones hacían fila frente al zaguán. La luna se había pegado en sus pupilas, ya no la miraba. Tenía deseos de recorrer el cuerpo meridiano del señor placer y consumir un poco de su luz encendida en forma licuada. Se había bañado con las cremas del nunca jamás, había llenado su cabello con los aceites más caros de la cuidad, estaba lista para volar sin alas y salir a caminar. Miraba a los transeúntes de manera profunda, luego les sonreía. Quería evitar cualquier sospecha, intentaba lucir elegante, quería que pensaran que ella era una chica normal de familia adinerada. Coqueteaba con sus ojos, su vestido largo no era lo que ellos creían. Carecía de decencia, ella solo pensaba en dar rienda suelta a su psicopatía (planeada). Sus víctimas no eran los hombres, ella podía tener al que quisiera. Lo que ella deseaba era otra cosa, moría de ganas por succionar la sangre de alguna hermosa señorita, para que -según ella-  le transmitiera la belleza con el sabor de la sangre que por sus venas paseaba.

- Quiero ser bella. Amanda morirá, como murió Ruperta, llorará como lloró Emerita. Haré con ella lo que quiera, la dejaré desangrarse en la cámara de suplicios, y luego llenaré la bañera con su rica sangre. Raquel gritará, y se retorcerá hasta quedarse callada, como lo hacía Karenina- decía para sus adentros mientras esbozaba una sonrisa. 

Raquel y Amanda la esperaban para tomar el té en la Memorial de la esquina. Byrbathor tenía el mejor té del área. Transilvania poseía, la mejor vista hacia las montañas y el mejor vino de Hungría.

 Las chicas fueron a tomar el té, lo que no sabían es que, horas después estarían colgadas de un techo gris, siendo hermosamente destiladas, dejando caer su sangre gota a gota, para que la señorita adinerada pudiera saciar la sed que la abrumaba. 
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Años después fue condenada a cadena perpetua, su encierro fue total, cuatro paredes la rodeaban sin puertas ni ventanas, la alimentaban con escasas legumbres por un pequeño orificio. Nunca supo por qué le reclamaban, ella no había hecho nada malo, no entendía por qué había sido encarcelada, pensaba que esto era injusto. No sentía arrepentimiento, para ella su proceder era lo apropiado para lograr la armonía, la juventud eterna y la belleza total.
Murió de melancolía por no poder mirarse al espejo, una vez más.  


YIA








Yia Rellis Bayrón














Foto: 
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