miércoles, 29 de agosto de 2012

LA MAGA Y EL QUE VOLVIÓ DEL POLVO







Su vaso de magia estaba quebrado, la gota tibia cayó sin clemencia, el líquido se hizo cada vez más denso, al tocar el suelo esparció toda su fuerza... 



Movía su cabeza, mientras abría sus ojos, tenía el torso entumecido, aún así trataba de salir de donde estaba. Sus manos se asomaron primero, su espalda contenía la luminosidad de todas las mañanas. El titán era perversamente hermoso, tenía una enorme estructura estilizada. Era como ver a un ser mitad hombre, mitad vampiro, o mejor dicho parcialmente zombie, algo distinto. La mirada era fuego invisible, vertido, la furia constante arremetía con sus resquicios, aunque su rostro bello no parecía decirlo. Podía tener los siete mares entre los dedos, en sus costillas podía guardar un continente entero. Quien lo veía pensaba que el tenía la inocencia de un mapache que camina hacia su jaula. Rara vez sonreía, o simplemente no lo hacía. Nada era como lo que sentía cuando estaba en el suelo.

Dijo sí, y construyó un puente. Sus colegas tenían los planos descritos. Dijo no, y cambió el occidente, lo llenó de gente de un oriente perdido. Todo esto es metáfora decía la multitud, no sabía que era un hombre distinguido. Actuaba como si nada, nadie sabía que le movía, ni de donde venía. ¿Por qué confiaba en su poder? ¿Qué lo hacía no sentir nada por sí mismo? Él quería dar, sin ser visto. Dar hasta cansancio, dar lo inadvertido. Todos se preguntaban: ¿Quién es ese que camina distinto? Nadie sabía qué lo había cambiado,
o qué lo había hecho enajenado de sus propios abismos.

Él podía cambiar el color del centeno, pero no quiso. Esa tarea ya estaba hecha por alguien que antes vino. Lo que decía era respetado, hasta que un día no dijo más y no fingió ser un alumno más de la Sociedad Autoincriminada. Pasó años dudando de todo y todos, cuestionándose el porqué de aquel lodo, flagelándose sin ser visto. Fue temerario, horticultor, arreglista, alquimista, arquitecto, (ambivalente) y fue asesino del romanticismo. Se privó de sentir lo que le ardía en la sangre, cuando se calentaba bajaba su termostato duirno y caminaba hacia el simplismo. Lo básico era su gloria.
El día no esperado había llegado; en la fila del banco, detrás del chico del chaleco blanco estaba ella, la que dejó caer el vaso.
















































No hay comentarios:

Publicar un comentario