lunes, 9 de julio de 2012

La misión



Rodé por el suelo con las vueltas de la vida.
Me levanté de golpes fuertes. Una contución en el lado izquierdo del pecho nunca sanó, el golpe había dejado un nombre incrustado de manera tal, que no podía ser sacado por ningún bisturí mental. Un apellido daba vueltas en la sinapsis de cada estímulo sensorial. Era una lesión cerrada que se sentía en la piel, por lo tanto, era grave, afectaba la epidermis como en el caso de un herida cortante o penetrante. Los órganos podían cambiar de color por el efecto de la no sangre derramada, formando hematomas y equimosis en el alma. No lloré. Algo me llevaba de la mano como a cien millas por horas. Pude haber dicho suéltame aquí, pero preferí quedarme detrás de su mirada. Tenía en mi cara todas la razones para no volver y algún motivo para la risa. El momento era mío, bastaba con tener la sangre corriendo en mis venas para saber que tenía que saltar al vacío de su voz. El boleto decía: no estacione, las luces cambiaban de color, el verde decía que siguiera, como si sus labios tuvieran mi motor. Nada de lo que teníamos era nuestro, aunque la causa era la más justa del universo.
Yo sabía que no podía escapar, lo prometí desde que doblé en la esquina del silencio. Nada de lo planeado era simple de concretar. La música de fondo era el coraje, las letras del guión habían sido saquedas. Llevaba 12 fragmentos, de 365 noches, imaginando una caída con vista panorámica a su boca, esa boca que sabía interpretar los sustantivos exactos para conjugar mis verbos. (Acto seguido, el calor suave de su aliento en mi cuello.) El pacto era ser suya al amanecer, pero todos los días con el amanecer comenzaban. Me abrazó tan fuerte como pudo y me dijo: Espérame en la otra dimensión. No voy a fallarte, sin tí no respiro, te amo tanto, iré por tí, te buscaré, lo juro. Mírame bien, tienes que ser fuerte, no temas, confío en tí. Me duele tanto dejarte aquí, tú puedes hacerlo sola, no me decepciones, recuerda que iré, lo juro. Y entonces, sujetó mi vida, y con ella hizo que se apartaran todos los miedos. Me dió un sobre con los pasos a seguir, me repetía que creyera en mí, que era necesario que se marchara para yo poder lograr un objetivo que ni siquiera yo conocía. Una lágrima bajó por su mejilla; me besó despacio, rozó sus dedos por mi cara con una suavidad extraña. Miró mis ojos como si quisiera retenerlos en la memoria y se marchó.
Mi vida jamás volvió a ser la misma. Caminé por mucho tiempo con el sobre en mis manos, cuando decidí abrirlo, no había manual de intrucciones, estaba vacío. Me siento inmóvil, ahora qué hago?
































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