viernes, 4 de mayo de 2012

El otro lado de la guerra...





No tengo dudas de que si pudiera te diría que no es verdad, aunque no sé si sea tarde. 


Aparentemente, la fecha dice que hoy es hoy y que mañana no estarás. En tardes vacías como ésta, recuerdo nuestro primer encuentro, en aquella fiesta a media luz. Me fascinaba mi vestido color vino, hacía juego con la copa de tinto que llevabas en las manos cuando te conocí. Es casi alucinante pensar que mientras te estoy queriendo el mundo sigue con sus planes de cambio. El Sol está condenado a brillar. Las cosas seguirán pasando, el reloj no se detendrá. Quizás a un ciego le devuelvan la vista o un cojo vuelva a caminar. Puede que alguien se esté graduando de médico o que una niña note por primera vez que sus pechos ya le están creciendo. Es decir, que todo está girando en la órbita, en esa trayectoria que describe a un objeto alrededor de otro mientras está bajo la influencia de una fuerza central, como la fuerza gravitatoria. Su ritmo al dar tantas vueltas es tan sutil que ni me mareo.

Resulta difícil conciliar el sueño cuando piensas a cien millas por hora. No es verdad que te olvidé. No es cierto que tu sonrisa se cae con la noche y me quedo tranquila escuchando a Tchaikovsky.

Ayer corté el césped con la podadora que dejaste, sólo para que el ruido se llenara de tí. El olor de la grama recién cortada tiene ese don de traerte por instantes.

Ya han pasado dos años y la nevera no se ha dañado, el balcón sigue con ese tono crema que tanto te gustaba. Las palabras no se las llevó el viento. Después de todo me consuela que la guerra no se llevará tus medallas conmigo. No es cierto que quiera que le sirvas a la nación. Preferiría mil veces que estuvieses conmigo.


(Luego de terminar la carta, la hizo una bolita y la echó al zafacón. Se puso su vestido color vino y salió al balcón, como quien espera a su amor...)


















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