jueves, 26 de abril de 2012

Habité en un momento








Habité en un momento.



Luego de demostrarte que para besar necesitas mis labios, te miré hasta la saciedad. Era increíble estar allí, tu sonrisa era la misma de aquel día.

Cuánto amor cabe en una sonrisa?

Estaba claro que ninguno de los dos sabía que esto pasaría. Nos tomó de sorpresa el gustarnos tanto. Ahora, frente a esta fogata, podemos reirnos hasta más no poder al recordar cómo empezó el destino a cambiar nuestros pasos. 

Era verano, el día corría lento, había hecho todo lo posible para distraerme por un rato, así que salí a caminar. 
El parque estaba en silencio. Las pocas personas que se ejercitaban tenían un aparatito con audífonos, nadie miraba a nadie. El cielo estaba más azul que nunca, no hacía calor, la brisa jugaba con mi pelo. Mientras caminaba, podía ver en los árboles el vaivén de vuelos cortos entre los pajaritos.

Estuve caminando varios minutos, todo mi alrededor se tornó silencioso, entré en un estado de concentración profunda. Mi mente estaba monitoreando cada uno de mis pasos, cada vez eran más acelerados. Tenía un ritmo placentero y ese sentimiento de estar haciendo algo útil para mi salud y mi cuerpo. Caminé un tramo muy largo, estaba inmersa en un trance casi hipnótico, hasta que choqué con sus ojos.

(El mundo se detuvo, el alma cayó en mis pies, luego subió en microsegundos acomodándose en mi garganta)
La sonrisa involuntaria vino después, no pude controlar el mariposeo... 
Se detuvo.  Me detuve.  Nos miramos fijamente, y después de un segundo que me pareció eterno dijo:

-- Buenas tardes. Discúlpame, te asusté?   - dijo él, con una leve sonrisa

-- Sí, un poco, no esperaba ver a nadie por este lado del parque y menos en domingo.
  - contesté

-- Vienes siempre? Cómo es que nunca te había visto? - dijo él, con ojos insistentes

-- Sí, aquí me ejercito, ahora me disculpas, debo continuar. 

-- Cómo me dijiste que te llamabas?  - preguntó él

-- No, no te lo he dicho.   - contesté

-- Mucho gusto, soy el amor de tu vida, y no puedo dejarte ir sin saber tu nombre...

- dijo él, con voz segura

A todo esto lo único que pude hacer fue sonreír, me pareció muy gracioso.

Seguí caminando por ese lugar todas las tardes, sin decirle el nombre. Él pasaba por el mismo lugar sin volver a preguntarlo. Eso sí, siempre con una sonrisa, el nombre ya no era necesario.




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