lunes, 26 de marzo de 2012

Las ganas sobre la mesa




Luego vienen otros azúcares, el café no dejará de ser, puede ser distinta porcelana, la música clásica... (ella es tan rara). Este es mi lado favorito del insomnio, las muchas guerras que terminan ganadas cuando de revoluciones ciegas se trata.

Recuerdo que ví lúcidas las partes exiliadas en la ocredad del movimiento. Era como si las perversidades se unieran en un candado cerrado con la llave puesta. No me atrevía a creerle al gotereo de un techo inexistente hasta que vi que de tanto esperar, mojaba. Lo real se convertía en convexo, en reciprocidad con el destierro ( usted que iba pensar de mí si no lo digo? ).

- Por aprender cometes errores tan fascinantes que los volverías a cometer.

El calor caminaba despierto, se dormía entre los sollozos de la mesa de acero, nada era lo que parecía. Yo tenía domino propio, cual nación con gobernante falso, tenía todo para ser lo que quiero ser hoy. Sólo que una vez decidí que un sorbo podría ser la contestación a toda la causa que se expande sobre mí. Aún tengo esa chispa que escondo cuando miro sin mirar. Antes de que llegue la hora en que debo buscar entre la niebla y unos muebles vintage, tengo que cortejar con el reloj y decirle que no pierda la elegancia de resistirse.

Era deseable, instintivamente honesta, pero no sabía que en la espalda llevaba todas las huellas de sus manos trazadas. Padecer no es el escape a la emergencia, es la caída de las horas mientras miras la costumbre de comer sin los codos en la mesa. No es cordialidad lo que falta, es ese toque de malicia en la mirada, que dice: luego viene el postre de la vida. Y bien, después de esto qué, quedarme dormida y establecer los parámetros o rasgar la puerta; y comerme el mundo.

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